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    18 de abril de 2014
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Última actualización 07/09/2012@13:45:54 GMT+1

Apple entra como una apisonadora en Madrid. No contenta con ocupar el emblemático número uno de la Puerta del Sol, deshecha el luminoso neón de colores que lo ha coronado durante ochenta años. Otra multinacional estadounidense igual de famosa ha venido a su rescate. Coca-cola se ha ofrecido para ubicar el tradicional neón de Tío Pepe en el cénit de su sede madrileña.

La longevidad de la burbujeante bebida ha podido ser poderosa razón para que sus directivos españoles tomen la decisión. Yo, como madrileña, me rindo para siempre a Coca-cola, que ha sabido mantener en un edificio madrileño el neón que tantos recuerdos de infancia me trae.

La historia me recuerda el acoso y derribo del toro de Osborne. La negra silueta se ha convertido en símbolo a costa de acompañar nuestro transitar por las carreteras españolas durante 55 años. Su intento de eliminación no vino, esta vez, de la mano de un emblema tecnológico. La ley de Seguridad Vial quiso eliminarlo igual que al resto de anuncios puestos en los márgenes de las carreteras para evitar distracciones. ¿No sabía Borrell, autor de la norma, que la silueta negra no distraía por estar integrada en el paisaje? La legislación, parcialmente aplicada, fue cogida por los pelos de los nacionalistas catalanes para eliminar lo que, para ellos, era un símbolo españolista. Y eso es tabú en un país que exorciza la idea de España. Los catalanes cambiaron toro por burro, y llegaron a hacer carteles para coches con equino montando toros.

Ni manzanas son mejores que tiopepes, ni pueden cambiarse burros por toros. Son todos iguales de buenos o malos. Lo que no es de recibo es un país que estigmatiza tradiciones, símbolos, recuerdos y, mucho peor, la idea de nación. ¿Qué tiene que ver la bandera y el país con un desdichado pasado que todos hemos sufrido? Ahí están los británicos poniendo a su colorista reina en primer plano, los franceses defendiendo la “grandeur de la patrie” o los noruegos instalando su crucífera bandera hasta en los tiestos. Además de servir a cohesión para su país para afrontar unidos sus problemas, son una marca de valor identificativa. Fuera no nos conocen por los burros, afortunadamente y perdón si les ofendo, si por la imagen del toro o por una bebida de éxito exportador. ¿Qué problema tiene en mantener las tradiciones e identificarse con los símbolos nacionales, tal y como hacen el resto de los países? Menos vender la marca España, y más dejar de avergonzarse de lo que no tenemos por qué.

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