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Prima el tráfico sobre las audiencias y así nos va

El periodismo posverdad

El periodismo posverdad
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En el vital mundo de la información hay una nueva paradoja en marcha: la globalización y la democratización digital están produciendo una explosión de tribalismo emocional, con divisiones y derivas tóxicas muy peligrosas.

El presidente Obama dijo la semana pasada que cuando empieza a ser difícil distinguir “lo que es verdad y lo que no, y en particular en la era de los medios sociales…entonces tenemos problemas”.

“Tenemos un problema en la industria de la tecnología que tenemos que lidiar”, ha dicho el experto en inversiones tecnológicas John Borthwick. “Algo ha empezado a ir absolutamente mal en algunas plataformas y redes sociales que son fundamentales para nuestra democracia”.

En la traumática elección de Donald Trump como presidente de los EEUU, se han producido una serie de fenómenos que han socavado la confianza en las plataformas de las principales redes sociales, en los buscadores y también en los medios de comunicación establecidos. Trump se ha beneficiado enormemente de la circulación de noticias falsas y del histrionismo perfectamente orquestado del personaje. Un análisis realizado por ‘BuzzFeed’ llegó a la conclusión de que, de las 20 principales noticias falsas que alcanzaron mayor audiencia en Facebook en los últimos tres meses de campaña, todas menos tres eran pro-Trump o anti-Clinton. Twitter colaboró grandemente en esta deriva aberrante. Una quinta parte de todos los tuits acerca de la elección fueron generados por cuentas que producen grandes volúmenes de mensajes, en su mayor parte robots en lugar de usuarios reales.

Grandes plataformas como Facebook se empeñan en definirse como plataformas tecnológicas, pero en realidad son los primeros editores del mundo. No reconocen ninguna sensibilidad editorial, como lo hacen los editores clásicos. “Las empresas de redes sociales no son plataformas de tecnología, sino compañías de medios”, ha dicho Sir Martin Sorrell, CEO de WPP, el grupo publicitario más importante del mundo.

Facebook ha anunciado por fin que va a poner en marcha siete herramientas para atajar la proliferación de noticias falsas. No se trata de que un equipo de periodistas identifique lo verdadero de lo falso, lo cual requiere una serie de elementos controvertidos, sino de dotar al público de herramientas que le permitan detectar tempranamente las mentiras.

Hay que destacar que el negocio de desinformar se ha convertido en toda una industria, con consecuencias de enorme calado. “Trump está en la Casa Blanca gracias a mí”, ha dicho Paul Horner, uno de los mayores creadores de noticias falsas de la Red. Un grupo de adolescentes de Macedonia ha demostrado cómo es posible hacer dinero creando noticias falsas.

El prestigioso diccionario Oxford ha hecho famosa una nueva palabra: posverdad. Se trata de un híbrido cuyo significado “denota circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal”. Hemos entrado en la peligrosa era de la posverdad y todos hemos contribuido a esta desinformación viral y a esta deriva tribal de la emocionalidad. También los medios informativos convencionales han puesto mucho de su parte para llegar a esta situación. Su flagrante fracaso en advertir el ascenso de Donald Trump tiene mucho que ver con la creación de una burbuja de verdades retroalimentadas que acaban sustrayendo al público de la senda de los hechos.

Los diarios tradicionales de papel siguen haciéndose exactamente igual que antes de la llegada de Internet, pero en su dramática caída tienden a imitar algunos de los peores vicios de la información digital. Por ejemplo, la creciente tendencia a los titulares editorial, donde se rompe el sacrosanto principio de no mezclar la opinión con la información. En sus páginas webs intentan luchar a brazo partido por aumentar su tráfico a toda costa, con titulares engañosos que con frecuencia insultan la inteligencia del lector. Sin embargo, esta deriva no los ha sustraído de evitar su desastroso declive económico. ¿No deberían centrarse más bien en crear audiencias de alta calidad más que perseguir a millones de supuestos visitantes únicos?

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