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En EEUU, el 50% del gasto total en sanidad se destina tan solo al 5% de los pacientes.

El gran dilema económico de los sistemas sanitarios.
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El gran dilema económico de los sistemas sanitarios.

La sanidad en Estados Unidos es mixta. La mayoría de la gente (cerca de un 50%) utiliza un seguro privado, un porcentaje cercano al 30% se acoge a las aseguradoras públicas Medicare y Medicaid y 29 millones de americanos no tienen seguro médico de ningún tipo.

El gobierno de los Estados Unidos gasta 3,4 billones de dólares anuales en sanidad, lo que representa un 18% del PIB. Es lo que más dinero requiere en las cuentas del Congreso, con uno de cada seis dólares gastados en 2016 destinados a ello. Este colosal gasto tiene una particularidad, y es que se estima que el 50% del total va destinado a tan solo el 5% de los pacientes. Si ese gasto se distribuyese equitativamente entre cada ciudadano del país, la factura sería de 10.350 dólares por cabeza.

Esta concentración del gasto también ocurre en otro segmento de los pacientes: aquellos que están en el final de sus vidas. Para la mayoría de la gente, el grueso de los tratamientos médicos que reciban a lo largo de su vida ocurrirán cerca de su muerte. Por lo tanto, el sistema médico de Estados Unidos gasta cientos de miles de millones de dólares en personas que disfrutarán, a lo sumo, de unos cuantos meses más de vida.

Si el sistema de salud americano fuese administrado por fríos robots economistas, el gasto se distribuiría de manera diferente. El dinero utilizado en mantener con vida a un paciente con Alzheimer casi centenario, sería probablemente desviado a cubrir la expensas de un trasplante de riñón para una persona que no llega a los cincuenta. Quizá podría ser utilizado para los cuidados prenatales de una madre primeriza, o incluso ser desviado a los casi 30 millones de americanos que no tienen ningún tipo de cobertura médica.

Estos cálculos fríos y utilitaristas sobre quién cuesta más dinero y sobre quién merece ese dinero tienen un problema, y es que los pacientes no son números, sino seres humanos con parientes. Después de todo, el paciente centenario con Alzheimer puede tener nietos que no estarán muy por la labor de dejar a su abuelo morir para ahorrar dinero al Estado.

Por supuesto, este problema no es exclusivo de Estados Unidos. Todos los países que, de una forma u otra, ofrecen servicios sanitarios a sus ciudadanos tienen una situación similar. Reino Unido, con su NHS (National Health Service) ofrece servicio gratuito a 62 millones de británicos y a 12 millones de inmigrantes. A pesar del servicio universal de Reino Unido, británicos tienen mejores condiciones de salud que los habitantes de EEUU a un coste mucho menor. Aún así, el NHS se enfrenta a los enormes gastos que suponen los enfermos terminales y los ancianos.

Para regular esta situación, el gobierno británico creó una agencia para distribuir el dinero de su sistema público de salud conocida como "NICE". ¿Debería un anciano de 94 años recibir una prótesis de cadera? ¿Debería un paciente de cáncer recibir una medicación de 40.000 dólares para alargar su vida un mes? Bajo las directivas de NICE, la respuesta generalmente es no, ya que se espera que esos recursos sean más eficientemente empleados en gente con mayor probabilidad de recuperación. Si bien económicamente puede tener sentido, las repercusiones políticas no han sido siempre buenas.

Este tipo de sistemas que buscan dirigir la atención médica a aquellos que la puedan aprovechar mejor no son muy populares entre el público, ya que se considera un "racionamiento" de la salud. De hecho lo es, ya que ningún país puede pagar los procedimientos médicos más caros para todos sus ciudadanos.

Además de este racionamiento en busca de emplear unos recursos finitos de la forma más eficiente posible, existen otros métodos para aliviar la carga de los congestionados servicios de salud mundiales. La idea de morir con dignidad, que se basa en paliar el sufrimiento en lugar de intentar curarlo, se materializa en forma de hospicios en lugar de hospitales. Así, las complicadas operaciones, las máquinas y en esencia, la batalla total contra la muerte, quedan reemplazadas por la aceptación del final y una buena dosis de drogas que mitiguen el dolor. Para los pacientes, es una alternativa a pasar los últimos días en un ajetreado hospital. Para los sistemas de salud, es una forma de ahorrar enormes cantidades de dinero.

Aún así, la mayoría de la gente que se enfrenta a dolencias terminales prefieren apostar por la ciencia moderna en lugar de en una serena aceptación de final. Mucha gente se cura, pues los avances en la medicina han hecho que se pueda sobrevivir a enfermedades que eran incurables hace unos años. Sea como sea, esto sigue siendo un tremendo golpe para las cuentas de los países.

En Estados Unidos, donde casi 30 millones de personas no tienen ningún tipo de cobertura mientras que quien puede pagarlo tiene acceso a los tratamientos más avanzados sin importar sus probabilidades de recuperación, quizá tengan que adoptar el modelo de otros países. Una cobertura universal (como la llevada a cabo en otros países que proporcionalmente gastan menos que EEUU) quizá pueda hacer mejores decisiones sobre la distribución de los cuidados médicos . Porque, ya que los americanos gastan 3,4 billones de dólares en salud, puede que lo más sensato sea que todos los ciudadanos se beneficien de ello de manera más igualitaria.

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