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La televisión se pasa a la Red, pero muchas cadenas aún no se han dado cuenta

¿Derribamos las antenas?

¿Derribamos las antenas?
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La difusión de contenidos televisivos a través de Internet es un imparable movimiento que arrincona al cable coaxial tradicional, incapaz de responder a las demandas de un público que busca interactividad y servicios añadidos.

Hace casi una década que no veo televisión a través de la antena que hay en la azotea de mi casa. Durante algún tiempo la sustituí por una parabólica, ese curioso plato metálico capaz tanto de situar a un barco militar en la inmensidad del océano, como de llevar hasta el sofá el último estreno de Hollywood. Por supuesto, la transición del modelo analógico al digital (TDT) apenas tuvo repercusión en mi casa por una combinación de desfase tecnológico y ausencia alguna de interés por ver contenidos enlatados, repetidos o directamente irrelevantes. La TDT no aportó nada nuevo, salvo algunas aventuras empresariales dignas de admirar, pues hasta un desentendido en la materia podía darse cuenta del suicidio que suponía emprender en tal sector y en tal país, donde el pescado está no solo vendido, sino pescado, por dos únicas compañías. El romanticismo oculto tras la intención de romper ese hierático modelo aprovechando las bondades de una tecnología a medio camino entre la limitación del sistema tradicional y la infinidad de la Red era algo que había que intentar. No se puede criticar a quien lo intenta (algo tan propio de españoles y explicación de la escasez de innovación que sufrimos), pero sí se puede criticar a quien no es capaz de ver el futuro cuando este, precisamente, no es que oculte ni su cara ni sus intenciones. Con la tele estamos avisados: nada será como ahora. Pero puede que cuando nos demos cuenta ya sea demasiado tarde. De hecho, puede que ya sea demasiado tarde. Por eso algunos ya se han dado cuenta.

En mi casa tampoco se usa ya la parabólica por una sencilla razón: es igual de limitado que el cable coaxial tradicional. De hecho, entre la parabólica y la TDT, y entre estas tecnologías y la antena de toda la vida, la de la azotea, apenas hay diferencias en cuanto a servicios y posibilidades. Acordémonos del teletexto y entenderemos mejor la razón: están muy bien las guías de programación, pero no tanto si conllevan un considerable tiempo de espera para obtener la información (máxime en la era de la fibra). ¿No es más rápido recurrir al móvil? Ni siquiera tengo que escribir...

En mi casa, ahora mismo, la tele se ve por Internet. Eso no significa que el televisor haya dejado de tener valor. En eso somos muy antiguos y nos sigue gustando ver contenidos en horizontal (ya sabes, sentado en el sofá y mirando al frente, no agachando la cabeza hacia la entrepierna para escudriñar contenidos proyectados desde tabletas, móviles y demás dispositivos minimalistas). Vemos la tele por Internet porque el canal por el que recibimos esos contenidos es, precisamente, la Red. Y llegados a este punto puede que seamos, de nuevo, algo antiguos: tenemos un descodificador de una importante telco que nos provee de contenidos a través del router. El router es mi nueva antena. No router, no tele. Fácil.

El motivo de este salto, del abandono de la televisión por satélite por la televisión vía fibra, no es otro que el uso que estábamos haciendo de la propia televisión: hacía mucho tiempo que ver un programa en directo era una rara avis en mi casa y bastante tiempo desde el momento en que me di cuenta de que grabar un programa no tenía ningún sentido si la propia plataforma me lo entregaba 'a la carta'. Por primera vez en mucho tiempo, tenía verdaderamente el mando de la situación y podía elegir qué ver, cuándo verlo y dónde verlo. Y encima llegó Netflix...

La televisión ya no puede entenderse como una oferta de canales que emiten una programación más o menos variada basándose en estudios de mercado y en su propia competencia. La televisión ahora es una oferta de contenidos, no de canales. Y las empresas, los canales, deben adaptarse a esta nueva realidad que ellos mismos han alimentado gracias a que en cierto punto de sus vidas empezaron a darnos lo que realmente queríamos. El problema está en que la supervivencia económica de la actual televisión está vinculada a un modelo roto, obsoleto. Un modelo que se aprovecha de la escasa capacidad de reacción del espectador ante un contenedor de publicidad de seis minutos de duración. Un modelo que interrumpe contenidos para recargar el bolsillo, pero que conlleva el aumento de la duración del programa en cuestión, en una época en la que si Twitter ha triunfado y Facebook es el mayor medio de comunicación, es porque el usuario valor tanto su tiempo que buscará recortar allá donde sea posible o imposible. Un modelo que incluso en su traslación a los servicios a la carta se convierte en tedioso, molesto e irritante (nadie puede negarlo si tiene que tragarse cada diez minutos el mismo anuncio -de un producto, por cierto, que no me interesa en absoluto-). Sin embargo, hasta eso es mejor que ver la tele en directo. No ya por postureo postmodernista o por ser un friki de todo lo que huela a disrupción, sino porque mi agenda hace mucho tiempo que no encaja con la que los directivos de televisión han diseñado para mí, pero al mismo tiempo me dan la oportunidad de crear mi propia agenda sin incurrir en delito alguno y sin hacerme sentir que estoy destruyendo el negocio de muchos compañeros. De eso ya se encargará quien no sea capaz de darse cuenta de que la televisión tiene que evolucionar si quiere seguir siendo la compañía con la que pasamos casi cuatro horas diarias. Nosotros solo hemos descubierto que entre una maraña de anuncios, hay jamón de jabugo. Y nos negamos a volver atrás.

Hace casi una década que no veo la televisión a través de la antena que hay en la azota de mi casa porque he encontrado en la web de mis canales favoritos (o en la app) los contenidos que quiero ver, y puedo verlos donde quiera y cuando quiera. Por mí podrían derribar la antena que hay en mi edificio. Pero prefiero dejar que los pájaros se posen en ella.
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