5 de junio de 2020, 5:32:42
Tecnologías Emergentes

En respuesta a la supuesta injerencia rusa en las Elecciones estadounidenses de noviembre a través de la filtración masiva de correos electrónicos de Clinton


Estados Unidos amenaza a Rusia con un ciberataque

Por Miguel Ángel Ossorio Vega

“Tenemos la capacidad para hacerlo”, ha afirmado el vicepresidente, Joe Biden. “De nuestros amigos de Estados Unidos se puede esperar lo que sea”, ha dicho Putin.


Después de un siglo XX marcado por dos crueles guerras mundiales, parece que no hemos aprendido nada: todo el mundo está esperando la Tercera Guerra Mundial, como si fuera algo positivo o necesario. El cambio que han experimentado las sociedades en las últimas décadas, con un mundo digital cada vez más potente y que es capaz de absorber el mundo real, también podría verse reflejado en esa deseada tercera gran guerra que algunos están forzando: puede que sea cibernética.

Esta semana Estados Unidos ha hecho un insólito anuncio: está dispuesto a planificar y ejecutar un ciberataque contra Rusia como represalia por la masiva filtración de correos electrónicos que, en plena campaña electoral, ha salpicado a Hillary Clinton, la gran esperanza estadounidense para frenar la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca. “Tenemos la capacidad para hacerlo. Será en el momento de nuestra elección y en las circunstancias en que tenga más impacto”, ha reconocido públicamente el vicepresidente Joe Biden. Es la primera vez que un país hace público un secreto a voces: la ciberguerra existe y se está librando desde hace años.

En 1999, durante la Guerra de Kosovo, un grupo indeterminado logró atacar los sistemas informáticos de la OTAN, la Casa Blanca y objetivos militares estadounidenses. Es el primer caso documentado de manera oficial (al menos en Internet), al que siguieron muchos más y en el que casi siempre están involucrados tres países: Estados Unidos, Rusia y China.

A Estados Unidos se le adjudicó la autoría del Stuxnet, un troyano que se cebó con Irán entre 2009 y 2010, atacando algunas centrifugadoras del programa nuclear iraní. El virus también atacó objetivos de Indonesia, India, Estados Unidos (¿?) o Australia: se calcula que se infectaron cerca de 90.000 ordenadores en todo el mundo, aunque la cifra podría ser aún mayor. Fue el caso más mediático hasta la fecha. Pero hay muchos más: a Rusia se le imputan ataques a Estonia (2007) y Georgia (2008). Y a China ataques a Taiwán (2003) y Canadá (2011). Entre otros.

Hay ataques que nunca han tenido un posible culpable claro, como es el caso de sKyWIper, que en 2012 atacó a ordenadores de Irán, Sudán, Siria, Líbano, Arabia Saudí, Egipto e Israel, principalmente. Este último país fue sospechoso de estar detrás del ataque, pero también se acusó por entonces a… Estados Unidos y China.

En cualquier caso, 2016 será el año que añada a esta cronología un nuevo capítulo: el de la amenaza abierta, directa y pública de un país a otro. El de la presentación de la evidencia de que la ciberguerra existe. Como ya sabíamos. Y todo comienza en julio de este año, cuando WikiLeaks filtra 20.000 emails del Comité Nacional Demócrata, apenas unos días antes de que Hillary Clinton sea proclamada oficialmente candidata del partido a las elecciones de noviembre. En ellos se muestran los supuestos ataques a la candidatura del demócrata Bernie Sanders para beneficiar a Clinton. Ya entonces se apuntó a los servicios secretos rusos como responsables de la filtración. La campaña siguió su curso, con Hillary Clinton como candidata por el Partido Demócrata, y nadie volvió a hablar de filtraciones (salvo Donald Trump, a quien vino muy bien tener a mano decenas de correos con los que agitar la campaña). Hasta octubre, hasta ahora, cuando WikiLeaks filtra una tanda de 5.000 correos (aseguran tener 50.000) de John Podesta, jefe de campaña de Hillary Clinton. Correos en los que se habla del supuesto pago de algunos bancos para hacer determinados discursos, la guerra de Siria, las aventuras de Bill Clinton, la preocupación de Hillary por lo difícil que es para ella entenderse con la clase media debido a “las fortunas que mi marido y yo ahora disfrutamos” o los extraterrestres.

Estos correos son para Estados Unidos “robos y revelaciones” que están “destinados a interferir en el proceso electoral” en curso, según explicó en un comunicado el Departamento de Seguridad Nacional. “Tal actividad no es nueva en Moscú”, añadían, señalando directamente al Kremlin, quien se ha defendido por boca del propio Putin: “nosotros no pretendemos influir en los resultados de las presidenciales de Estados Unidos, y la respuesta es simple: no sabemos qué es lo que pasará después de las elecciones”, ha declarado durante la VIII Cumbre Anual de los BRICS, celebrada esta semana en India. Pero de nada sirven las declaraciones defensivas de Putin frente a las que Donald Trump realizó en julio: “Rusia, si estás escuchando, espero que podáis encontrar los 30.000 correos electrónicos que están desparecidos”, en referencia a la investigación del Departamento de Estado sobre el presunto uso fraudulento de cuentas oficiales de correo electrónico por parte de Hillary Clinton. Una guerra cibernética con tintes de comedia y extraños compañeros de fatigas. Ironías de estos tiempos.
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