Prefiero entender un por qué

All the president’s men (Todos los hombres del presidente)

Martes 17 de marzo de 2015

En las últimas semanas he tenido ocasión de visionar nuevamente algunas obras del séptimo arte de los años 70 que siguen teniendo plena vigencia. Una de ellas es “All the president’s men” (1976) de Alan J. Pakula e interpretada magistralmente por Robert Redford, que da vida a Bob Woodward y Dustin Hoffman que interpreta el papel de Carl Bernstein, ambos periodistas que investigaron el escándalo Watergate para “The Washington Post”.



El guión de la película se basa en el libro del mismo nombre, del cual ambos periodistas son autores y que comprara los derechos el propio Robert Redford, a su vez productor del filme.

En cada oportunidad que he tenido a lo largo de los últimos años de volver a ver esta película, me ha sido del todo inevitable hacer un paralelismo con la política actual. Es más: creo que en 2015 a la luz de lo que los medios nos informan diariamente, prácticamente no hay diferencias en cuanto al fondo de la cuestión. ¿Cuál es este sustrato al que refiero?

Que cuando en la política se cruza determinada línea roja, siempre tiene consecuencias. Pero hay más en este paralelismo que señalo: cuando el hombre que les va guiando a los dos investigadores del Washington Post, el llamado garganta profunda, en los encuentros nocturnos en un aparcamiento, apenas visible detrás de una columna para que Woodward lo pudiera ver como una sombra y evitar ser identificado, mientras les iba confirmando que iba en buena línea su investigación, es imposible no comparar con las filtraciones que un día sí y otro también, llegan a las redacciones de los principales medios españoles, para que la ciudadanía pueda enterarse de aspectos tan lúgubres como los que ocultaba el caso Watergate. No olvidemos que este escándalo, el más importante en la investigación periodística norteamericana, fue el provocó la salida del presidente Nixon por la puerta de atrás de la Casa Blanca.

Está demostrado por casos posteriores como el de Bill Clinton y sus “affairs” con una becaria, que los ciudadanos estadounidenses pueden perdonar muchos errores a sus gobernantes, pero hay uno que no lo dejan pasar: mentir. La mentira provoca automáticamente la reacción en el electorado, de que ese gobernante no es apto para gobernar, no por su incompetencia, sino porque si alguien tiene la osadía de mentir públicamente, entonces puede ser responsable de otro tipo de acciones igualmente condenables o peores. Este es el principio que rige en la sociedad norteamericana.

En los encuentros con garganta profunda, éste no daba datos aunque confirmaba los que Woodward le decía, en un tono más de pregunta que de confirmación. Especialmente el paralelismo es total, cuando garganta profunda les dice que siguiesen el rastro del dinero. Cada vez que en España las investigaciones de la división de delitos económicos y blanqueo de capitales de la Policía Nacional ve la luz a través de algún medio, como en el caso Watergate, el haber seguido el rastro del dinero es la llave para que se siga incrementando la lista de imputados.

Lo que no comprende la ciudadanía es cómo puedan estar en listas electorales personas que están imputadas por casos de corrupción. Pero tampoco deja pasar la ciudadanía española después que los jueces, a pesar de las limitaciones de recursos que tiene la justicia, están haciendo un gran papel y ejerciendo el auténtico control que debieron haber ejercido otras instituciones, ya sea el Parlamento, Comisión Nacional del Mercado de Valores, Banco de España, etc. El Poder Judicial tiene el mandato de juzgar no de controlar. Pero en los hechos está ejerciendo el control que otras instituciones o no hicieron o hicieron mal.

En este año electoral veremos cuál es el veredicto de las urnas de los ciudadanos, habida cuenta de todos los datos e información con la que cuentan, que no es poca en materia de escándalos y haber perpetrado un auténtico saqueo a las arcas del estado.

El nombre “Todos los hombres del presidente” también merece una reflexión aparte, ya que no se gobierna en solitario sino en equipo. Los equipos pueden ser decisivos a la hora de los triunfos electorales, como también letales cuando como en el caso Watergate, traspasan esa línea en la que echan por tierra las palabras bonitas y dejan que hablen únicamente los hechos, que en el caso estadounidense fue una notoria conspiración de los republicanos al “asaltar” (nunca mejor dicho) el Comité Nacional del Partido Demócrata, en el complejo de oficinas de Watergate, en Washington D.C. en junio de 1972.

Después de dos años reuniendo pruebas contra el entorno del presidente, que incluía a miembros de su equipo testificando contra él en una investigación del Senado de los Estados Unidos, se reveló que Nixon tenía un sistema de grabación de cintas magnetofónicas en sus oficinas y que había grabado una gran cantidad de conversaciones dentro de la Casa Blanca. Estas cintas demostraron que había obstruido a la justicia e intentado ocultar el robo por todos los medios.

Vuelvo al paralelismo que refería más arriba. Destruir pruebas y ocultar datos es un delito. Pero hay que probarlo. En caso de que se pruebe no hay más que hablar. Si no puede sostenerse la acusación de que se ha procedido de esta forma, entonces será el comportamiento ético que se le debe exigir a la clase política el que debe prevalecer. Estamos persuadidos que a nivel penal, excepto los casos que sean muy claros por las pruebas aportadas, no prosperarán. Pero sí tendrán entonces las valoraciones que la ciudadanía haga de las actuaciones políticas, ya que ante la ausencia de que se deriven este tipo de responsabilidades de manera clara y contundente, no queda más solución de que las responsabilidades las depure el ciudadano. La mentira también.