Prefiero entender un por qué

El que perdona termina el argumento (Proverbio africano)

José Luis Zunni | Martes 22 de diciembre de 2015

Dos monjes que vez estaban caminando y realizando un largo viaje llegaron a un río, vieron a una mujer joven que quería cruzarlo, pero el agua ya le estaba cubriendo la cabeza. Uno de los monjes la levantó y la llevó en sus brazos hasta la otra orilla. En cambio, el segundo monje no le prestó ninguna atención a la joven que su compañero había salvado de ahogarse. Los monjes continuaron caminando y la mujer siguió andando por un camino diferente.



Tres horas más tarde, el segundo monje le dijo a su compañero:"no te entiendo, mi hermano. Tú sabes que hemos dado un voto de no tocar a ninguna mujer. Rompiste ese voto cuando la levantaste a través del río".

Entonces el primero de ellos responde:

-Tienes razón. La tuve entre mis brazos durante unos tres minutos. Sin embargo, tú la has tenido en tu mente durante las últimas tres horas. Y todo parece que estás dispuesto a mantenerla en tu cabeza incluso más tiempo. Me parece que hasta que la dejes ir (en referencia a su pensamiento) continuarás rompiendo tu voto.

¿Cuál es la moraleja de esta historia?

Que el primer monje hizo lo que tenía que hacer. Decidió romper una regla porque no tenía otra opción que salvar la vida de esa mujer. Sabía que su voto estaba destinado a ayudar a mantenerse bien focalizado en su actividad como monje. Sin embargo, también creía que debía ayudar a los demás tanto como el pudiera. Este primer monje podía perdonarse a sí mismo y seguir adelante, poniendo fin a cualquier discusión (debate interno) que podía haber tenido en su mente. Esa era su grandeza espiritual.

El segundo monje no podía dejar de lado su visión de lo que vio. Tenía un argumento en su mente sobre el que su pensamiento giraba una y otra vez sin parar. Creía que moralmente su forma de pensar le otorgaba una posición de privilegio. Se aferraba a las reglas…al voto. No tendría duda en decirle al resto de personas que cuán en lo cierto él estaba y lo equivocado que estaba su otro hermano monje que salvó a la joven mujer, por haberla tocado y roto su voto.

Pero con esta filosofía de vida, cada vez que repetiría su argumento, más y más personas estarían propensas a entrar en la discusión y tomar partido. Lo que sí era seguro, que de continuar insistiendo, lo convertiría en una persona triste y enferma. Pero lo peor, es que las demás personas querrían evitarlo, al saber que siempre iba a volver al mismo tema que le obsesionaba. Y a este sometimiento de palabras, sentimientos y expresiones negativas, se puede aguantar una vez…dos…pero la gente no está dispuesta a escuchar todo el tiempo, tan tremenda carga de negatividad.

Si este segundo monje es sabio, debería aprender de su memoria y a ella (la joven salvada por su hermano) debería dejarla salir (expulsarla de su mente y sus recuerdos). Se daría cuenta también, que tiene que perdonarse a sí mismo por lo que podría ser su propia fragilidad en relación con las mujeres. Él podría tener experiencias pasadas que hacen que temiese tocar a una mujer, ni siquiera en circunstancias en que la vida estuviese en peligro.

La cerrazón del criterio sometido a una norma (el voto de los monjes) como que tuviese siempre la fuerza moral por cumplir con las reglas. Nunca nada más lejos de que esta actitud en la vida pueda refutarse como moral, porque en definitiva, se trata de vida o muerte vs. norma y rompimiento del voto.

El primer monje se había liberado totalmente de cualquier culpa por haber salvado una vida y cumplir con el precepto de ayudar a otras personas todo lo que pudiera, más aún encontraría una nueva liberación, si era capaz de perdonar a su hermano monje su incapacidad para poner fin a la discusión. Tenía que ayudar a su hermano a liberarlo de la carga mental (el equipaje que le pesaba y atormentaba) para poder seguir caminando en libertad.

Debido a la celeridad a la que vivimos, en nuestro entorno laboral y familiar, a veces sin darnos cuenta ni ser responsables (no tener la intención de hacer daño) se produce en la otra persona un dolor…un sufrimiento, que puede encajarlo en solitario o compartirlo con otras personas.

Estamos siendo testigos en los últimos años, de programas televisivos en los que después de situaciones tremendamente duras de enfrentamiento entre hermanos y de éstos con sus progenitores, se llega a un final feliz, porque se perdona y se libera esa carga de la mente. El objetivo de todo el desarrollo del drama vivido por cada familia, es uno sólo: el perdón para poder volver a reiniciar una relación (relaciones) que están totalmente destruidas.

La moraleja de los dos monjes nos retrotrae (a todas mis lectoras/es) a un momento de nuestra memoria (revivimos algún hecho de nuestra vida) en la que se conjuga el dolor con el deseo de venganza. De esta última hay que huir. Se puede recordar (deberíamos decir que es un imperativo hacerlo) con el fin de tomar mejores decisiones en el futuro y de saber a quién poner en nuestro círculo más próximo (familiar o de amistad), para marcar una línea fronteriza con aquellos con los cuales queremos mantener cierta distancia.

En el caso de que uno sea el que hizo el mal (provocó el dolor), cuando se pide perdón no sólo se está limpiando la herida liberando nuestra mente y espíritu, sino que estamos admitiendo que nos hemos equivocado y que no pretendemos justificar nuestro comportamiento. Perdonar, dejar ir “el equipaje” (como el segundo monje) y continuar el sendero que estamos transitando que forma parte a su vez, de un más largo camino de nuestra vida.

Perdonar (sobre todo la auto indulgencia) no es fácil, pero es el único camino a seguir si amamos y nos aman. Tenemos que desear que tanto los seres queridos (incluso los más indirectos que estén a nuestro alrededor, como en el trabajo), sean felices, teniendo la sensación de que tanto ellos como nosotros, cuando nos perdonamos seremos más enteros espiritualmente y más sanos (salud mental y física).

Cuando cada 6 de agosto se transmite desde Hiroshima el momento en que un pesado tronco golpea lenta pero contundentemente una gran campana provocando un sonido grave pero profundo, es el máximo significado de lo que el perdón puede significar. Si la nación japonesa ha tenido la generosidad de perdonar después de la terrible y trágica experiencia de Hiroshima y Nagasaki, es la constatación de que el perdón no sólo es necesario para limpiar ese “equipaje del monje” de la memoria, sino para poder ser capaces de rehacer las vidas, levantarse como lo hizo el pueblo japonés y ser una de las economías más desarrolladas del mundo.

Como cita el viejo proverbio africano “El que perdona termina el argumento”, es la única manera de que las personas encuentren un camino de luz para acabar con las diferencias y el dolor. En cuanto a la barbarie de la guerra, la injusticia de la pobreza y manifiesta desigualdad, las hambrunas y enfermedades tropicales, etc. los países necesitan perdonarse el pasado para juntas, en un concierto internacional de naciones, no tener que volver a perdonarse en el futuro y construir un mundo mejor que sí es posible. Si hubiera que volver a perdonarse en el futuro, es entonces la contestación que todas las políticas habrán fracasado.