Medios de Comunicación

Se mueren los lectores de periódicos

La demografía también influye en la industria del papel

Joaquín Abad | Viernes 08 de julio de 2016
Si, me refiero a los lectores que acuden al quiosco a diario para comprar, pagar, un diario, una revista impresa. Esos se van muriendo y con ellos el propio negocio editorial que durante muchos años dio ganancias a las empresas que ponían millones de ejemplares en circulación. Y la culpa no sólo es de internet, ni de los gratuitos, ni de las redes sociales donde se informan muchos millones de jóvenes desde su smartphone.


La culpa es de todos. En el año 1995, en el siglo pasado, se puso en marcha el sistema de documentos de hipertexto, bajo la expresión inglesa de World Wide Web, y enseguida todos los editores que ya empezaban a notar la bajada de los ingresos publicitarios creyeron encontrar la gallina de los huevos de oro trasladando sus noticias al formato de pantalla de ordenador que gracias a Internet todo el universo podía leer sin imprimir.

De esta forma dejarían de estar esclavizados por las monstruosas rotativas que escupían ejemplares por millones todos los días. Dejarían de depender de las distribuidoras, auténticas máquinas que se quedaban con el 40% de los ejemplares que vendían en el quiosco y te entregaban los miles de ejemplares incendiados para que te los comieras con patatas fritas.

Y empezaron las versiones online de los diarios impresos. En la mayoría de los casos, al principio, reproduciendo en internet la versión impresa. A comienzos de siglo, en el 2000, los principales editores estudiaron optar por cobrar por los contenidos de las versiones online. En un momento dado pareció que tanto elpais.com como elmundo.es, que lideraba en aquellos años las versiones en internet, implementarían sus muros de pago, pero prefirieron los millones de impresiones y explotar los banners publicitarios en lugar de cobrar a los lectores.

Paralelamente vino toda una irrupción de diarios impresos gratuitos que se repartían en paradas de autobuses, de trenes, de suburbanos... Llegaron Madrid y m@s, que luego se llamó 20 Minutos cuando fue comprado por el grupo noruego Schibsted, Metro, editado por la multinacional sueca Metro Internacional, Público, Ahora... Todos gratis que acostumbraron durante años a que no había que pagar por un diario impreso.

En su defensa los editores de los gratuitos, que ponían varios millones de copias diariamente en circulación, sin devolución, claro, manifestaban que fomentaban la lectura. Miles, millones de jóvenes accedieron a la información impresa sin pagar. Y se acostumbraron.

Ahora, Metro y otros muchos cerraron mientras los demás redujeron sus millonarias tiradas a unos pocos miles tras las pérdidas en la pasada crisis. Pero los que dejaron de acudir al quiosco no regresaron... Y por el camino han cerrado más de 10.000 puntos de venta en toda España. Miles subsisten gracias a que también venden artículos de bazar y golosinas...

Y llegamos al presente donde parece que sólo se leen versiones digitales. El papel se ha reducido a la mínima expresión y si sobreviven es gracias a ayudas oficiales por defender editorialmente ciertas posiciones políticas del partido en el poder. En Cataluña, por poner un ejemplo, todos los diarios sobreviven gracias a las ayudas de la Generalitat. También los digitales, cómo no.

El problema es que la publicidad en las versiones digitales es poco menos que una miseria que no permite sufragar los gastos de una redacción con periodistas que investiguen. Google y las agencias que distribuyen la publicidad se embolsan el 85% de la inversión. Al digital le llega un escaso 15% en forma de CPM que con el invento de la publicidad programática se convierte en céntimos por cada mil impresiones.

Un buen negocio para las empresas publicitarias, para Google, para las de afiliación, y una auténtica ruina para el editor de un diario digital que lucha por sobrevivir ante la cada vez mayor oferta de medios que nacen como churros. A cada crisis de un diario tradicional nacen decenas de digitales capitaneados por los despedidos, a los que el ERE les pone en la calle.

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