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El mundo está cambiando y hay que pillar la ola

No hay fuerza más poderosa que la mayoría silenciosa de millones de habitantes que a escala global están interconectados por todas las facilidades que les brinda el mundo digital, especialmente las comunicaciones en sus diversas formas.

Algunas preguntas que deberían formularse los líderes son: ¿Les escuchamos con atención? ¿Sabemos comprenderles debidamente? Si bien los saltos generacionales han sido la norma y espejo obligado de la evolución de nuestra civilización, el cambio al que estamos asistiendo en esta segunda década del siglo XXI, tiene más poder de conocimiento e información que los 5.000 años de la civilización humana desde las llanuras de Jericó. Así de simple. Somos una sociedad tecnológica que en el cenit de su capacidad comunicacional, se produce la paradoja de una forma de incomunicación peligrosa: no se escucha como debiera a los representantes de ese cambio y que son el futuro.

La creación en 1989 de la “World Wide Web” inauguró la revolución digital. Ese nuevo mundo interconectado y multipantalla, está afectando nuestra percepción de la realidad, cambiando nuestros procesos cognitivos y alterando radicalmente las relaciones sociales, afectivas, económicas y políticas. Y todo sin tiempo para procesarlo. No es tecnología. Es una mutación genética.

Ante tal magnitud de evolución científica y tecnológica, hay momentos en los que da la sensación que la sociedad deja de ser actora y permanece en modo espectadora. ¿Cuál es entonces la clave para que el desajuste entre evolución tecnológica y movimientos sociales, económicos, culturales y políticos se acoplen más o menos razonablemente. Una sola es la palabra: aprender.

¿Cuál es el tiempo de verbo que le sugiere la palabra aprender? Sin duda, nos indica el pasado por el conocimiento y experiencias adquiridas. En cuanto al presente, asistimos a las diferentes formas que tiene la acción de aprendizaje. Pero con toda claridad nos señala una vocación de superación para enfrentar el futuro. Esto es lo que debe preocupar a la clase política y dirigente.

Ya lo decía Mahatma Gandhi en uno de sus pensamientos más célebres: “vive como si fueras a morir mañana…aprende como su fueses a vivir siempre”. Vaya razón que llevaba el máximo exponente de las movilizaciones pacifistas.

Lo que sí es cierto, es que la persona que no está dispuesta a aprender, nadie puede enseñarle. Aunque si tiene la firme determinación de hacerlo, nadie puede detenerla. Si hacemos extrapolación de este pensamiento, nos llevará sin duda, a que los movimientos generacionales tiene dos saltos claros: el correspondiente a la propia edad que determina la categoría a la que pertenecemos así como al tipo de formación y aprendizaje que recibimos; la percepción que tienen las nuevas avalanchas de jóvenes preparados con herramientas cada vez más poderosas en cuanto a la capacidad de procesamiento de información y búsqueda de cualquier tipo de datos, que aproximadamente cada lustro se produce. Tienen una visión del mundo muy diferente a la que tenemos los que nos vemos esforzados a no quedarnos en el pasado por culpa de la innovación tecnológica, o sea no escuchar el futuro.

En la vida empresarial, política, cultural, deportiva, etc. el aprendizaje es el ADN del camino del éxito. Y esto un campeón olímpico como Carl Lewis lo sabe, cuando afirma que “hay cosas mucho mejores por delante que cualquiera de las que dejamos atrás”, en referencia clara al futuro y nuestra capacidad humana de superación. Obviamente, las experiencias por más dramáticas que puedan ser en la vida de una persona, son aprendizaje y configuran su capacidad para enfrentar el futuro. Como ven, siempre la palabra aprender tiende a fusionarse con el horizonte que está hacia delante de nuestras vidas y al cual todos aspiramos a llegar.

Los jóvenes de la “Generación Z” son los supervivientes de un contexto difícil que les ha hecho autosuficientes y creativos. Pertenecen a una nueva sociedad autodidacta (el 33% aprende vía tutoriales en internet) que ha crecido en un entorno hostil e incierto, condicionado por una crisis muy larga y que tienen una manera diferente de entender el mundo. Son más flexibles y poseen una mente más abierta, ya que asumen la diversidad y los cambios de roles como algo natural. No tienen ataduras materiales ni ideológicas.

¿Está entonces la clase política y dirigente persuadida de que debe escuchar a esta gran ola silenciosa? No lo creo, aunque sí estoy convencido de que deberían esforzarse.

Cuánto menos fricciones existan en los saltos generacionales que de ahora en más tendremos en el futuro y que serán cada vez más cortos, también mayor será la capacidad de la sociedad para lograr mejores niveles de vida y también más satisfactorios. En suma, más felicidad para hombres y mujeres.

Pero que no haya malas interpretaciones: no estamos por la labor de que se cree una sociedad de ficción como la que concibió en su obra “Un mundo feliz”, el gran escritor inglés Aldous Huxley. Construye una sociedad futurista incómodamente estéril y controlada, en la cual existe un adoctrinamiento mediante la educación a través del sueño, que enseña a los ciudadanos que el valor de la sociedad debe ser siempre superior al del individuo. Las personas existen para servir a la comunidad. Su función es ser consumidores y trabajadores, lo que a su vez mantiene la economía sólida y estable.

Rechazamos cualquier forma de dominación sobre el individuo. Es más, la ola a la que no estamos escuchando nos está diciendo a gritos que son personas no un conjunto de individuos. Que su fuerza está en la capacidad individual y aprendizaje, en la percepción de un mundo tecnológico inevitable, pero que al mismo tiempo sea más humano y sensible.

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