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El metalenguaje de los mensajes navideños

Son momentos de envíos de mensajes navideños. Buenos deseos mandados mayoritariamente por correo electrónico, whastsapp y, para un pequeño grupo irredento ya sin remedio, a través de correo postal. Pero, todos son mensajes de buena esperanza, o tendríamos que leer entre líneas para saber con certeza qué se esconde tras esas líneas de buenrollismo.

Por ejemplo. El mensaje aglutinador, sin personalizar, que nos felicita la Navidad y nos desea un próspero Año Nuevo. Sin más. Es el apropiado para el despacho de abogados o la oficina que lleva la comunidad de propietarios. Corto, sucinto, como un latigazo en las corvas. Se envía del tirón a los clientes/vecinos y no se espera respuesta. Es simplemente un gesto de educación comercial. Si son del banco o la compañía de seguros se suelen personalizar con tu nombre.

Luego tenemos el mensaje edulcorante. “Deseo que con la llegada de este maravilloso 2016…”. Propio de moñas, de ambos géneros, que utilizan estas fechas para dar rienda suelta a su lado más sensible. Son mensajes largos, almibarados, pródigos en adjetivos grandilocuentes y oraciones copulativas inacabables. Lo peor; que nos hacen sentir como mal nacidos sin sentimientos (sobre todo si no tienes gato).

Llegamos a los mensajes contradictorios. “Qué rollo la Navidad, eh? A ver si quedamos para celebrar las fiestas”. Podrían acercarse en tipología a los edulcorantes pero tienen ese toque agridulce que hace que te dé grima tanto recibirlo como aceptar la invitación para la cita. Sabes que va a ser una reunión, como poco, triste.

No hay que olvidar los mensajes con chispa. Esos tan graciosos si no fuera porque todo el mundo quiere ser su padre, como Darth Vader, y los recibes cada media hora. Al final terminas odiándolos y, de nuevo, tu cuñado saca el móvil en la cena para ensenártelo por enésima vez: “Te voy a enseñar uno que te vas a escojonar…”.

Claro, suele triunfar el formato multimedia. Recortas tu cara y las de otro cuatro amigos o familiares (sin su conocimiento y mucho menos pedirles permiso) y las introduces en una app que se encarga de generar un vídeo con una coreografía de gnomos (no olvides que uno lleva tu cara) bailando al ritmo de jingle bells y rodeados de lindos gatitos. Ya está lista. La clásica la puedes enviar gratis por WhatsApp, las otras (cantando villancicos a ritmo de hip hop o vestido de mexicano, cuestan 0,99 $).

Pero lo cierto es que en estas fechas, si miras el móvil y no tienes un mensaje navideño (o no lo envías) es que, o no vives en el primer mundo, estás en la más mísera de las ruinas, no tienes amigos o cuenta de banco (en la Declaración de Derechos Humanos se dice que los banqueros o personal bancario los sustituyen). Así que qué le vamos a hacer. Éste es el mío particular. Feliz lo que sea.

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