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Algunos expertos ya consideran la 'digisexualidad' como una nueva identidad sexual

Digisexualidad, así funciona la robotización del amor y del sexo
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Digisexualidad, así funciona la robotización del amor y del sexo

¿Puede una persona enamorarse de una máquina? La respuesta es 'sí', o eso dicen quienes han contraído matrimonio con un holograma, mantienen relaciones sexuales con un androide o reniegan del contacto con la carne humana. Así son los 'digisexuales' y así podría ser el amor en el futuro.

"Mis dos únicas relaciones con hombres han confirmado mi orientación amorosa, porque realmente me disgusta el contacto físico con la carne humana". Así define 'Lilly', una francesa de la que no se tienen más datos, su actual vida sentimental, suplida con el diseño de un robot impreso en 3D realizado por ella misma. Un caso similar al de Zheng Jiajia, un ingeniero chino que en 2017 se casó con un robot diseñado por él mismo, y al que había llamado 'Yingying'. Hay ejemplos documentados de bodas en varios países que han unido en matrimonio a personas con robots e incluso con hologramas. Ninguna está legalmente reconocida, pero para sus cónyuges humanos son más que suficiente demostración de su 'digisexualidad', algo que los expertos se toman muy en serio y que, advierten, pronto será una orientación sexual más: la que tienen aquellas personas atraídas física o sexualmente por robots y máquinas en general. Consideran que dentro de unos años ni siquiera hablaremos de ello, por ser algo absolutamente normal y habitual.

Entre estos expertos están Neil McArthur, profesor asociado de Filosofía en la Universidad de Manitoba, y Markie Twist, profesora de desarrollo humano y estudios familiares en la Universidad de Winsconsin-Stout. Juntos publicaron el año pasado 'El ascenso de la digisexualidad', uno de los primeros artículos científicos sobre un fenómeno que se entronca en la generalizada aceptación de distintas identidades sexuales, en el perfeccionamiento de su identificación y definición por parte de la ciencia y en el auge de una tecnología que abarca absolutamente todos los aspectos de nuestras vidas.

Las etapas de la Digisexualidad

Los autores dibujaron en su artículo dos olas o estados de este fenómeno. La primera tiene que ver con algo tan antiguo como la pornografía, que en la era digital también se ha reconvertido y ha alumbrado conceptos como el 'sexting' (intercambio a través de Internet de material audiovisual íntimo entre dos o más personas), el acceso a contenidos pornográficos online o el auge de los juguetes sexuales electrónicos, algunos de ellos conectados (por lo que tienen capacidad de sincronizarse con películas pornográficas, están equipados con inteligencia artificial o permiten que una persona los controle a distancia mientras los utilizad otro sujeto). Esta primera ola habría evolucionado hacia la 'digisexualidad', un segundo estado en el que la llegada de tecnologías inmersivas como la Realidad Virtual o la Realidad Aumentada, y su combinación con robots dotados de inteligencia artificial, permitiría prescindir por completo del componente humano que quedaba en la primera ola del sexo digital. En la digisexualidad ya no es necesario que dos humanos intercambien pornografía a través de la Red o que mantengan lo más parecido a una relación sexual a través del ciberespacio con o sin ayuda de aparatos electrónicos: supone eliminar de la ecuación a uno de los humanos para sustituirlo por completo por una realidad digital. Ya sea un personaje de ficción con el que se mantienen relaciones gracias a la Realidad Virtual y la ayuda de juguetes sexuales conectados o, simplemente, acostándose con un robot.

Por ahora, probablemente se trate de un capricho de ricos. Un robot sexual puede costar más de 12.000 dólares, cifra que alcanzan algunos de los modelos que ya existen en el mercado. Uno de ellos incluso ofrece caras intercambiables, ya que uno de los potenciales del sexo digital será poder cambiar de pareja prácticamente cada día, aunque manteniendo como base a la misma persona. Quienes no puedan permitirse un capricho de estas características podrán acudir a burdeles en los que en lugar de prostitutas hay robots. Uno de estos locales, ubicado en Moscú (Rusia), permite disfrutar de 30 minutos de juegos sexuales tecnológicos por 90 dólares.

A pesar de ello, todavía es pronto para que veamos las calles de las principales ciudades copadas de prostíbulos robóticos. De hecho, están surgiendo muchas trabas a su proliferación. En parte por la mala imagen que todavía tiene la digisexualidad, considerada una tendencia sexual extrema con tintes de violencia. Algo que guarda relación con el hecho de la carencia de sentimientos de un robot y la evidente posibilidad de aprovecharla para practicar comportamientos inadmisibles y prohibidos con cualquier humano por ser claramente delictivos. Y algo que la industria alimenta en cierto modo: durante una feria de tecnología celebrada en Austria en 2017, una robot sexual fue sometida por un grupo de hombres y terminó ensuciada y dañada. Al finalizar lo que con una mujer sería una clara violación, la robot simplemente dijo "estoy bien". Sus desarrolladores van a modificar su software para que el robot se apague cuando detecte que está siendo objeto de relaciones sexuales agresivas. Pero esto no es más que la anécdota de algo más grande que tal vez comenzó con 'Her' y que HBO ha llevado al extremo con 'Westworld'. Las únicas manifestaciones que estamos viendo hasta ahora de este fenómeno social que muchos expertos consideran que tiene una potencial parte positiva para tratar trastornos y que sus defensores consideran que no solo no es negativo, sino que les brinda felicidad incluso cuando tienen parejas de carne y hueso, a las que pueden sustituir en una noche de desinterés sexual sin que ello erosione la relación. Cada cual que lo vea y sienta como crea.
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