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Vísteme despacio porque tengo prisa

Son tantas las “frases hechas” como los orígenes que se les atribuyen. Pero qué duda cabe, que una de las más “aristocráticas” es la que relataba Benito Pérez Galdós en sus “Episodios Nacionales, cuando Fernando VII se encontraba acompañado de su ayudante momentos antes de asistir a una importante reunión, e influido por el nerviosismo de querer vestir al monarca a toda prisa, el ayudante no atinaba a realizar correctamente su tarea, por lo que el rey le espetó: “Vísteme despacio que tengo prisa“. Pero cuidado que también se les atribuye a Napoleón y Carlos III. Pareciera ser que el origen más claro es el mandato que el emperador romano Augusto le hacía a sus ayudantes: “apresúrate lentamente”.

Corren tiempos en que las premuras nos hacen olvidar que para ciertas cosas en la vida, como el ayudante del monarca, hay que conducirse con más parsimonia de lo habitual, lo que implica cautela y prudencia. Todo lo contrario de las exigencias que las sociedades modernas y tecnológicas nos imponen.

¿Se le puede pedir parsimonia, cautela y prudencia a una sociedad invadida por las NT’s que nos cambian la forma de hacer y hasta la de pensar?

¡Pues claro que no! Lo único que podemos hacer es adecuarnos y adaptarnos al cambio lo mejor que sepamos. Por tanto, teniendo el conocimiento y sabiendo usarlo oportunamente de manera rápida, nos hará más o menos competitivos (como organizaciones) o mejor o peor preparados para la vida (como personas). En todo caso, no está mal decir que el nivel de competitividad de una persona es directamente proporcional a sus contenidos (formación, capacitación, experiencia, actitud ante la vida, inteligencia emocional, etc.) más que a la velocidad a la que reacciona. Como el monarca y su vestimenta. Aunque la corriente (la sociedad y la innovación) le lleve casi por delante y a veces le distraiga.

El acontecimiento económico más importante de las últimas décadas, ha sido el nacimiento de un nuevo sistema para crear riqueza que no se basa ya en la fuerza, sino en la mente. El trabajo en la economía avanzada no consiste en trabajar en cosas, como señala Mark Poster, de la Universidad de California, sino en hombres y mujeres que actúan sobre otros hombres y mujeres, o personas que actúan sobre la información. Finalmente, la información que actúa sobre las personas y vuelta a empezar el ciclo. Porque de eso se trata: son ciclos que giran cada vez a mayor velocidad y nosotros (mujeres y hombres) estamos en medio. Aquel dicho de que “el hombre es la medida de todas las cosas” ya deberíamos reemplazarlo por “la tecnología es la medida de todo”, lo que venimos denunciando en los últimos años (lo hice en muchísimos artículos) que estamos condicionados por organizaciones que a su vez están condicionadas por la tecnología, que condiciona también nuestra forma de hacer y quizás lo más relevante: nuestra forma de pensar.

Obviamente, si pensamos distinto también actuamos de manera diferente. Este ciclo que se acelera año tras año (por no decir día tras día), nos obliga a su vez a tener que movernos (en todo el sentido amplio de la palabra que implica física y mentalmente) a una velocidad mayor a la que nos movíamos ayer y mucho más aún, que la que nos movía hace tan sólo unos meses. Este ciclo de vértigo es lo que se llama “determinismo tecnológico” porque todo en nuestra vida está condicionado por la tecnología. Incluso, y a pesar que a los políticos no les guste, el propio poder que los gobiernos ejercen sobre los ciudadanos se ha topado con el poder de la tecnología.

Recuerdo cuando aludíamos al dicho “con la Iglesia hemos topado” en alusión directa al poder que la más antigua organización humana siempre ha tenido. Pero hoy día con el poder que nos topamos, nos guste o no, es el de un simple smartphone (de simple tiene poco) que en sí mismo significa la cuarta revolución industrial (las máquinas que ya controlan máquinas).

Presentaba Antonio Banderas estos días pasados en Madrid, su última creación “Autómata” en la cual ubica la acción en 2040, en el cual lo sorprendente es la capacidad de que los robots puedan arreglarse y reproducirse en una carrera casi desenfrenada por los que muchos auguran el reemplazo humano. No lo cree el director Banderas, tampoco lo creo yo, porque siempre existirá un nivel de consciencia humana irremplazable y que no requiera ser programada. Pero que habrá máquinas que estén casi en la misma frontera de lo humano con las diferentes aplicaciones de inteligencia emocional, no lo duden.

Nos queda aún entonces nuestra particular “zona de confort”. Ese espacio cerrado en el que pensamos y soñamos, porque corresponde única y exclusivamente a nuestra consciencia. No depende ni de bytes ni de chips, es más: no se conoce ni los científicos creen que pueda llegar a producirse algún día, una máquina capaz de albergar los billones de operaciones neuronales que nuestro cerebro realiza a diario.

Las formas y la estética también son partes integrantes de una sociedad mutante, que lo que es de desear y esperamos que así sea, no prevalezcan sobre los principios, valores y contenidos que tenemos como especie. Nunca la belleza exterior por más que nos impresione y nos cree sentimientos altamente positivos, podrá reemplazar la interior que proviene de nuestro espíritu y nuestra alma.

Cuando Napoléon, o Carlos III o Fernando VII, insistían en que les vistiesen despacio porque tenían prisa, tiene la misma vigencia hoy. Lo único es que la vestimenta que hoy nos ponemos (todos los iPad’s y smartphones y demás tecnología del mundo) puede que nos haga sentir en el fondo, un poco más desnudos, si no recordamos a cada instante que somos nosotros los que tenemos la consciencia. Nosotros somos la sociedad y no las máquinas. Es bueno no olvidarlo.

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