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Master and Commander y reflexiones sobre el liderazgo

Este largo puente tuve ocasión de revisionar “Master and Commander: The Far Side of the World” (Master and Commander: Al otro lado del mundo) (2003) del director Peter Weir, que entra en esa categoría de películas difícil de clasificar entre aventuras y en las que prevalece el enfrentamiento dialéctico entre dos personajes, que en mi opinión, son los mejores momentos del filme.

Russell Crowe interpreta magistralmente al capitán Jack Aubrey, de la marina británica y Paul Bettany al Dr. Stephen Maturin, el médico y cirujano del barco. Está ubicada en 1805 en plenas “Guerras Napoleónicas”, cuando Napoleón Bonaparte domina Europa, aunque Inglaterra consigue resistir porque es la primera potencia naval del mundo. Es por ello que los océanos se convierten en los campos de batalla y en la estrategia vital que determinará quién será finalmente el vencedor de la contienda.

Entre los diálogos que nos sirven de enseñanza sobre el carácter de los grandes líderes, destaca cuando en la cabina del capitán, durante una cena de oficiales y después de producido el primer enfrentamiento con el navío francés al que están persiguiendo y tienen por finalidad destruir, que ya les ha producido varias bajas y heridos, uno de los tenientes muy jóvenes le pregunta al capitán:

- ¿Me han dicho que Ud. sirvió con Lord Nelson en el Nilo?

- Sí, tuve el honor de servir bajo su mando. Yo era entonces un joven teniente, un poco mayor que Ud.

Entonces los oficiales le pidieron que les “deleitaran” con alguna anécdota que había vivido con Nelson.

- Lord Nelson se dirigió a mí en dos ocasiones: la primera cuando estábamos cenando y me pidió que le pasara la sal (lo que generó risas en la oficialidad). Pero inmediatamente después, poniéndose serio, Aubrey dijo que a Lord Nelson le ofrecieron un capote en una noche fría del cual él rehusó, porque le daba calor su fervor patriótico. Entonces aclara Aubrey: “Sé que dicho esto por una persona normal puede parecer una estupidez…pero dicho por Nelson…él te enardecía”.

Aubrey sentía una especial admiración por el gran almirante inglés, pero destacó especialmente su capacidad de liderazgo y manejo de la estrategia. En definitiva, era la característica común de los grandes políticos y militares de la historia. Porque haber rehusado al capote era más que una señal de fortaleza física, una inquebrantable moral que contagiaba a sus soldados.

Lo que destaco del filme es el enfrentamiento entre “el deber” y la “negación de la guerra”, cuestión ésta última muy de moda por el terrible flagelo del terrorismo yihadista. En cuanto al primero, la obsesión por el cumplimiento del deber, excelentemente representado por el capitán; la segunda cuestión, una visión pacifista y humanista de la vida, también de manera excepcional defendida por el médico del barco.

Ambos caracteres durante tan larga travesía, chocarán en varias ocasiones, porque no sólo son opuestos, sino que su visión del mundo es diferente. El médico prefiere que la guerra no sea un pretexto para interrumpir las posibilidades de investigación naturalista (su auténtica pasión), además de una defendida posición moral respecto a lo que la guerra significa, el cumplimiento del deber por encima de todo y si el fin justifica los medios.

El Dr. Stephen Maturin se enfrenta de manera muy dura, aunque al mismo tiempo, reflexiva, diciéndole al capitán que no justificaba el castigo de doce latigazos a un marinero que faltó el respeto a su teniente de cubierta, porque en ese momento estaba borracho. La respuesta fue que tenía que demostrar que había respeto, porque sin éste no hay disciplina. La jerarquía del mando estaba por encima de otras consideraciones, menos aún de disculpas porque se tomase en cuenta el estado de embriaguez del marinero.

Es evidente que cuando miramos desde la óptica del liderazgo, la diferencia sideral entre cómo se conducía a un grupo de hombres, algunos militares otros civiles, en los inicios del siglo XIX, con lo que el liderazgo representa doscientos años más tarde, es que la moral estaba sostenida y establecida bajo los principios del mando y la jerarquía, sin concesiones de ningún tipo. El conocimiento, habilidades y demás cualidades de los individuos pasaban a un segundo plano. Esto es justamente lo contario de lo que representa el buen liderazgo del siglo XXI, en el que el conocimiento y las habilidades de las personas son muy importantes, aunque en primer lugar prevalece la consideración de que el engranaje que mueve a organizaciones de todo tipo, es la condición humana.

Especialmente el respeto a la salud mental y física que exige relaciones interpersonales entre líderes y personal como escalón primero para poder emprender el camino del éxito. No hay sometimiento ni formas de castigo, sino motivación y coparticipación de objetivos, que son los que incrementan el compromiso de la gente con la organización.

Los marinos británicos eran los mejores del mundo por su férrea disciplina, gran profesionalidad, espíritu de sacrificio y una formación de lo que era la navegación y la supervivencia en altamar. Si a este último párrafo le iniciamos con “los empleados de las multinacionales punteras” son los mejores del mundo por su disciplina, entrenamiento, profesionalidad, formación y espíritu de sacrificio, probablemente nos sobren dos palabras: disciplina y espíritu de sacrificio. Porque el liderazgo de 2015 no tiene que insistir en que exista disciplina, porque se le supone al personal en cualquier empresa, sea más o menos cualificado. En cuanto a espíritu de sacrificio, a diferencia de los marinos ingleses del siglo XIX, hoy podemos hablar que una persona debe estar alineada con los objetivos de la alta dirección, porque de esta manera podrá desarrollar una carrera profesional y personal en la organización. El compromiso y la motivación, vienen dados por la creencia y la confianza en su líder y la capacidad de influencia que se le supone.

Nuevamente el enfrenamiento de personalidades, cuando el capitán Aubrey decide hacer una interpretación sui generis de las órdenes recibidas del Almirantazgo británico, porque sólo tenía que perseguir al navío francés hasta las costas de Brasil, pero él decide seguirlo hasta el mismo fin del mundo, el Cabo de Hornos, plantea un diálogo ente el médico y el capitán muy elocuente en lo que es el cumplimiento de una orden y tomarse una determinada acción como algo personal, llevándolo hasta el final, sin importar las consecuencias para la nave y las personas. Justamente lo contario de lo que hoy caracteriza al líder efectivo, en que primero pondrá sobre la mesa las personas, después el resto de recursos disponibles (la nave) y finalmente se elegirá cuál es la estrategia. La estrategia no es un fin en sí mismo, sino el medio para alcanzar determinados fines. Pero jamás aquel puede justificar a cualquier coste el fin buscado.

Un toque de clase de este buen cine y que describe perfectamente bien que en todas las épocas de la historia hubo corrupción, es cuando al Dr. le tiene que ser extraída una carga de mosquete que recibe en cubierta por accidente. Por tanto tienen que detenerse en una isla. Una vez repuesto de la operación, se dirige al capitán y le dice que estaba agradecido porque sabía que esta decisión haría casi imposible volver a localizar al navío francés que les había sacado gran ventaja.

- Lamento que lo hayamos perdido, ahora va a ser imposible encontrarlo, dice el Dr.

- No importa, tampoco estoy seguro que el navío que avistábamos fuera la “Acherone”. Pero lo encontraremos…es más difícil encontrar un hombre honesto en el Parlamento británico.

En este sentido, si bien el liderazgo militar típico de esa época, como hemos dicho anteriormente, ha evolucionado como lo ha hecho las sociedades en su conjunto, no ha sido igual con otro virus social como es la corrupción. Seguramente que el capitán Aubrey si viviese hoy día le sería más fácil encontrar hombres honrados en el Parlamento, pero como suele decirse…”a buen entendedor….”

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