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Mientras estamos mejor que nunca nos encontramos profundamente insatisfechos

No cabe duda que nuestro título de hoy es una auténtica paradoja. Pero se cumple, porque siempre estamos en camino de algo que queremos conseguir. La satisfacción es una búsqueda, casi siempre infructuosa que nos produce malestar y no cosa menor a veces, profundo sufrimiento. La llave para el progreso o el éxito puede convertirse también en la llave del fracaso. La satisfacción es un componente emocional muy fuerte, pero al mismo tiempo se da la paradoja que es el flanco más débil de los humanos, especialmente en el mundo laboral.

A lo largo de nuestras vidas siempre hemos escuchado el invalorable consejo de nuestros padres y abuelos, que decían algo así como que “el que lucha es el que finalmente triunfa”. Cuando nos lo decían adquiría un carácter tautológico, porque tanto para nuestros “consejeros” como para nosotros era una indiscutible verdad. Pero con el paso de los años, la experiencia nos ha enseñado que aquellas afirmaciones sobre las personas que no se rinden y que consiguen lo que quieren, hemos podido verificar que no son del todo ciertas. Porque aceptándolo como válido este principio, también se corre el riesgo de insistir una y otra vez con la misma estrategia (porque es la que conocemos) por lo que es muy probable que estos nuevos intentos a pesar de la buena voluntad estén abocados al fracaso. La búsqueda de una satisfacción que no llega nos conduce no sólo a no coronar la meta que nos habíamos impuesto, sino a alimentar nuestro espíritu con el sentimiento de la frustración derivado del fracaso y abrazando como único sentimiento que nos viene al cuerpo, el de insatisfacción.

La afirmación persevera y triunfarás -que es casi una sentencia- (volvemos a nuestros abuelos), no se cumplirá en la medida en que aquella estrategia originalmente elegida no se modifique, a veces en parte derivado de un simple ajuste, en cambio en otras ocasiones, una elección totalmente diferente para adaptarse como se pueda a las nuevas circunstancias.

Entonces la clave está en el momento en que se percibe (en este punto la gran mayoría no es consciente) de cuándo debo dejar de persistir en el método que estoy utilizando (en cierto aspecto rendirse) o cuando es el momento de volver a intentarlo (de continuar perseverando). Y esto sí que nos puede llevar a un sonado fracaso, porque cuando las personas tenemos la convicción de que lo que estamos haciendo es correcto (responde a nuestra visión y percepción de la realidad), tenemos tendencia a insistir como si de un acto natural se tratase, creyendo que esta recurrencia finalmente nos pondrá en el buen camino. Craso error.

La diferencia entre ser perseverante (estar motivado y con fuerza impulsar lo que creemos es correcto) y convertirnos en obstinados (cerrados al cambio y a la realidad que no queremos ver) es la que marca el directo camino a darnos contra un muro y lo que es peor, cada vez que esto sucede, más nos costará levantarnos, habida cuenta de que en vez de asumir nuestra culpa y responsabilidad, busquemos siempre culpables en otras personas o en las mismas circunstancias.

¿Qué es lo que nos motiva entonces a mantener ese nivel de perseverancia?

Básicamente una creencia equivocada en la elección que hayamos hecho de la estrategia a seguir (el camino elegido) que defendemos a capa y espada como un valor que no queremos perder porque es nuestro mundo conocido. Nos asusta cambiar métodos, estrategias e innovar. Pero debemos tener en cuenta una cosa: si no hay nada que nos desafíe, tampoco habrá motivo alguno que nos haga cambiar. O sea, la otra clave de esta paradoja de la vida, es que a pesar de haber mantenido una creencia equivocada de la cual no me he percatado aún, puedo asumir el cambio o tomar otra actitud más blanda, como huir de las cosas difíciles en la vida, al menos en las circunstancias actuales cómo se me están dando.

Uno de los más destacados expertos mundiales y tratadista de liderazgo, John Maxwell afirma que “si estamos creciendo entonces siempre estaremos fuera de nuestra zona de confort”. Esto lo expresa Maxwell con un alcance muy claramente dirigido a la resistencia al cambio que tienen las personas en diferentes niveles de las organizaciones, que les hace muy poco proclives a la experimentación de nuevas tareas, funciones y responsabilidades. Muestra el crecimiento como la renuncia a la comodidad y el conformismo para aceptar nuevos retos y desafíos. Y aquí entra entonces nuestro proceso de elección que hacemos para la búsqueda de una mejora, si es la elección adecuada o nos puede hacer perseverar en un error.

Quizás uno de los mecanismos mentales que más problemas nos trae en las relaciones interpersonales, es la aceptación del error y la culpa cuando efectivamente, de manera directa o indirecta hemos estado involucrados en un fracaso. Si éste ha sido consecuencia de un trabajo de equipo, la tarea del líder es despejar de la mente de su gente, todas aquellas convicciones ciertamente fatalistas que atribuyen culpas y circunstancias a factores externos y no a las consecuencias de su propios actos. O sea, que la paradoja de persevera y triunfarás, también es aplicable en el tramo final de un proceso que no ha llevado finalmente al éxito, y que una vez detectado que ese camino había estado mal elegido, igualmente habrá resistencia a aceptar el cambio: algunos tratarán de endosar culpas al líder del equipo; otros a las directivas de la organización; a nivel individual nadie quiere asumir su cuota ni se plantea en qué puede beneficiar su experiencia y aporte al equipo, para corregir y volver a iniciar el proceso.

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