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El largo pasillo de luz del regreso de la muerte

El choque frontal que siempre ha habido entre la ciencia y los autores que reflejaban en su narración la propia experiencia traumática de haber regresado de la muerte, sigue en pie. Investigaciones científicas recientes, tienen una explicación a esa descripción del “largo pasillo de luz” o también del “efecto túnel” al que se refieren también los narradores, como que se han encontrado en otro momento de sus vidas y con seres queridos ya desaparecidos.

La investigación científica lo reduce a efectos de la retina por la disminución del paso de la sangre, así como otras sintomatologías cerebrales que pueden crear dichas imágenes y sensaciones como si se hubiesen vivido de verdad. Los científicos son contundentes: ¡nadie ha regresado de la muerte jamás y lo ha explicado! Pero ya son bastantes también los testimonios de personas que se han visto obligadas a escribir dichas vivencias, a veces tremendamente traumáticas por los espacios de tiempos transcurridos en el que tuvieron la perfecta consciencia de estar en otro lugar y hablar con personas, experimentar olores y respirar aire fresco.

El Papa Juan Pablo II afirmó en una ocasión, siendo bastante grande el revuelo que causaran sus palabras, que no existe ni cielo ni infierno, sino que son estados de la mente. Lógicamente, su finalidad fue aproximar, aunque sólo fuera en parte, la Iglesia a la ciencia, que como sabemos históricamente se han posicionado en las antípodas del pensamiento crítico.

Pero no deja de ser sorprendente esta afirmación por la máxima autoridad del catolicismo, porque en realidad esas personas a las que hicimos referencia como que tuvieron vivencias de volver a la vida, pueden perfectamente corresponderse con estados mentales, algunos de los cuales, según también los científicos, están perfectamente comprendidos en los sueños. O sea que soñar es parte de una realidad que a lo mejor hemos vivido o viviremos en el futuro, o simplemente una transcripción de situaciones que nos creemos durante instantes que son perfectamente reales.

¿Es casualidad que estas personas que según sus relatos han regresado del pasillo de luz operen una transformación espiritual en sus vidas? Los testimonios que durante los últimos veinte años he leído al respecto, no dejan lugar a dudas. Las personas que han sufrido una experiencia traumática como un accidente o una enfermedad que les tuvo en estado de coma sean unas horas o como se ha dado en algunos casos, varios años, al momento mismo de volver al estado de “vivo” entre los vivos, ya en ella se ha producido una transformación interna espiritual que deriva en una nueva visión de la vida. Desde el espíritu a la mente es el camino que todas estas experiencias personales han transitado. No en sentido inverso.

Cada vez que se antepone el pensamiento crítico al dogma, la evolución de nuestra especie empieza a notar la necesidad de revisar principios y valores, también formas de ver la vida. Que el cambio no debe aceptarse per se sino que hay que incidir en el proceso con nuevos mecanismos mentales. El pensamiento no es una cosa estática, sino algo vivo como lo es nuestra propia experiencia.

En “Las 9 revelaciones”, novela escrita por James Redfield en 1993, explica cómo el mundo está experimentando actualmente un cambio enorme en la conciencia de las personas y obviamente en asumir una forma de percepción también colectiva. Pasó la humanidad de creer que el mundo estaba gobernado por las fuerzas de la divinidad, lo que explicaba la existencia de un Dios, a una sociedad moderna a partir del incremento del conocimiento por el avance de la ciencia, por lo que la civilización como una entidad real, empezó a pedirle a los hombres y mujeres científicos, explicaciones sobre la vida y los grandes interrogantes en la evolución humana. Independientemente de la respuesta satisfactoria de los científicos a todos los cuestionamientos del ser humano, la gente se apartó un poco de la verdad científica y se centró en los esfuerzos para mejorar sus vidas materialmente y dominar la tierra.

A partir de este momento se produce según Redfield, un cambio sustancial en la forma de ver la vida, centrado en las preocupaciones económicas y las continuas fluctuaciones, lo que decimos a diario que está afectando a la sociedad actual, el factor al que llamamos incertidumbre.Pero la bajeza de las condiciones actuales se ha comenzado a revelar en nuestras almas. Somos inquietos y estamos listos para otro cambio fundamental en el pensamiento que eventualmente traería un mundo mejor.

Coincidiendo siempre en los momentos críticos de la historia, períodos de entreguerras o las mismas terribles experiencias bélicas y las devastadoras consecuencias de éstas, han surgido voces de intelectuales que hacían hincapié en la necesidad de actualizar y/o transformar ciertas formas de actuar y aceptar la realidad, que no se ajustaban a las necesidades y la propia evolución que la sociedad iba marcando.

¿Es este enfrentamiento entre el cambio mental exigido y la realidad circundante un hecho en sí mismo o por el contario, un necesario proceso de revisión del pensamiento social y económico actual? ¿Es justo que nos quedemos únicamente en los ámbitos sociales, económicos y políticos para considerar los cambios y transformaciones que deben hacerse? Probablemente sea como siempre ocurre en la historia de la humanidad, una visión mezquina en la que prevalece lo material y las necesidades. Claro está que no podemos vivir sólo del espíritu, pero no cabe duda que como Redfield lo explica mejor que nadie, la nueva visión que tengamos del entorno pasa por comprendernos mejor a nosotros mismo, por lo que el ser humano necesita un impulso espiritual para contrarrestar tanto materialismo destructivo.

Ya John Calvin Coolidge (1872-1933) que fue el trigésimo presidente de Estados Unidos lo decía: “no necesitamos más poder intelectual, necesitamos más poder espiritual. No necesitamos más las cosas que se ven, necesitamos más las cosas que no se ven”.

No tuve ninguna experiencia traumática como la referida del pasillo, pero sí al menos una persona cercana que ya no está entre nosotros pero que me relató con lujo de detalles algunas cosas que habían sucedido y que las había visto desde el más allá. Lo sorprendente es que las descripciones, secuencias y cronología de los hechos relatados coincidían con absoluta precisión con lo que realmente había ocurrido porque yo mismo era testigo de que así había sido.

Parece imposible, pero fue mi padre el que sobrevivió 14 años a un momento traumático que le cambió la vida. Nunca más fue el mismo porque miró el mundo desde otro ángulo.

Desde ya que es tan grande el misterio de la vida como el de la muerte. Que por mis propias convicciones y principios por los que he regulado mi vida, no me quedo atrapado ni el “darwinismo” ni el “dogma”. Creo en el poder del espíritu del ser humano como elemento transformador de todas las cosas, las que vemos y las que no. Pero como afirmaba John Calvin Coolidge, la auténtica fuerza de la mutación de las sociedades y personas, proviene desde lo invisible, lo que no puede tocarse, pero sí puede sentirse. Esto es lo que realmente ha provocado que los testimonios del pasillo de luz sean tanto verosímiles para muchos como falsos para otros tantos. Lo cierto es que hay cosas que no tienen otra explicación más que creer en ellas cuando lo relatado por un ser querido coincide con la vivencia exacta de lo acontecido.

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