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"Aferrarse a los sueños, porque si mueren…la vida es un pájaro con alas rotas que no puede volar". (Langston Hughes)

Con esta hermoso pensamiento de James Mercer Langston Hughes (1902 - 1967) poeta, activista social, novelista, dramaturgo y columnista estadounidense, abrimos nuestro blog de hoy al que le damos paso a la ilusión y la esperanza.

'Aferrarse a los sueños, porque si mueren…la vida es un pájaro con alas rotas que no puede volar'. (Langston Hughes)
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Cuando nos adentramos en la fascinante mitología griega, a la primera mujer en la Tierra, Pandora, se le dio una responsabilidad especial: el cuidado de una caja (algunas versiones hablan de una jarra) que era que no debía abrir bajo ninguna circunstancia. Probablemente, sino la primera, una de las más tempranas cualidades femeninas (que no defecto) que atribuyen los clásicos a Pandora, es la curiosidad.

Obviamente terminó abriendo la caja y todos los males del mundo empezaron a salir, tales como el odio, el sufrimiento, el dolor y la destrucción. ¡Pero oh sorpresa! La única de aquellas calamidades a la que Pandora no dejó salir de la caja cuando se dio cuenta de lo que había hecho, fue la esperanza.

La esperanza es la creencia de que las circunstancias en el futuro serán mejores. No es un deseo que las cosas mejoren, sino una convicción real, incluso cuando no haya evidencia de que algo vaya a cambiar.

La esperanza puede abarcar una amplia variedad de creencias y nos da una visión positiva sobre la vida.

De ahí que cuando coloquialmente se dice “se abrió la caja de Pandora”, significa, por ejemplo en casos de corrupción a la que nos tienen acostumbrados, que alguien que ya no tiene nada que perder decide “tirar de la manta” (otra expresión alusiva a los males endémicos del género humano).

Pero ¿cuál sería hoy mi versión al abrirse una Caja de Pandora de 2018? ¿Retendría la esperanza o la dejaría salir? Si pretendemos que nos invada un manto de ilusión y optimismo en un mundo que actualmente está muy desesperanzado, evidentemente habría que abrirla.

La esperanza nos traslada optimismo al cuerpo y éste cuando está reforzado, termina aplastando al pesimismo.

La esperanza y el optimismo van de la mano. No una visión estúpida de la vida, sino realista. Porque cuando se es optimista es porque creemos que las cosas las tenemos bajo control.

¿Sabemos los optimistas diseñar el futuro? La expresión inglesa también coloquial y muy acertada “tomorrow is promised to no one” (el mañana no se le promete a nadie), aceptamos esta sentencia popular pero no vemos ninguna razón por la cual el mañana no puede ser mejor que el día de hoy. Y creo que los optimistas llevamos razón en ello.

Porque si las cosas no salen como queremos que salgan, incluso las que nos quedan más lejanas al común de los mortales, como por ejemplo, ejercer el Poder Ejecutivo o legislar siendo diputados, igualmente siempre creemos que a pesar de lo mal que se puedan estar haciendo las cosas, existe un hilo de esperanza en que cambien porque el optimismo es en sí mismo el ADN del cambio.

Los optimistas comprendemos los errores humanos. Los aceptamos y corregimos, no de manera pusilánime, sino porque no nos importan tanto cuando de lo que se trata es de persistir en la construcción de lo que tenemos por delante: llevar a cabo un trabajo, terminar unos estudios, afrontar determinado reto y un largo etcétera.

La visión del mundo de un optimista termina siendo una esperanza de mejora en general en la vida personal y de aquellas otras personas que le rodean, más o menos próximas.

Los optimistas creamos (aplicando el símil de la economía) una especie de senda de expansión para que nuestras ideas, sueños y acciones estén siempre en línea con la esperanza que depositamos en un futuro mejor. Reforzamos de esta manera los actos positivos ya ejercidos, no dejando que nos aflojen las piernas las negatividades que el día a día nos pone enfrente.

Y llegaron los pesimistas

¿En realidad tienen un control sobre su vida? Los que me conocen como pienso saben que no soy determinista. Por tanto, no puedo insistir en tal afirmación, aunque puedo (tengo el derecho) a expresar cómo veo ese mundo de pesimismo en el que parece que la Caja de Pandora se está abriendo un día sí y otro también.

Si los pesimistas creyesen que tienen el control de sus existencias, entonces no serían pesimistas. No es un galimatías, sino que confirma que de hacerlo, significaría que elegirían resultados negativos. Incluso, los aceptarían y se convertirían automáticamente en optimistas. Y esto no es así.

¿Qué es lo que llevan en su ADN los pesimistas? Con frecuencia los pesimistas basan sus sombrías expectativas en experiencias del pasado que no les fueron muy alentadoras ni gratificantes. Pero hay más aún: no son capaces de comprender el concepto de las oportunidades que la vida nos pone delante una vez…y otra….y otra. La cuestión es tener la esperanza de recogerlas de alguna manera y para ello se necesita tener al menos una dosis mínima de optimismo.

El optimismo es una actitud hacia delante. Una puerta abierta hacia el futuro. Es una perspectiva de la vida y una prospectiva en la que no cabe otra palabra más que la esperanza.

De ahí que podemos afirmar (los que los somos) que los optimistas son prospectivos.

Si ha habido en el pasado una experiencia positiva, está en nuestro recuerdo mental como algo vivo, que puede volver a darse en el presente y que nos alberga la ilusión de un futuro de cambio a mejor para mañana. La expresión “el mañana nunca muere” está llena de esperanza.

Una característica de la que el pesimista carece, es no poder engancharse a las cosas positivas del presente que le garanticen un mejor futuro. En términos generales no son adictos al progreso ni a una visión positiva de la vida.

Cuando hacen este esfuerzo de buscar cuál es en su opinión el escenario futuro que están viendo, lo ven sombrío, lleno de dificultades, porque casi siempre se están apoyando, en su mecanismo mental en experiencias negativas del pasado que temen (mejor dicho aseguran) se van a repetir.

Cuando una persona, pero mucho peor un político que tiene la responsabilidad de decisiones que afectan a millones de personas, queda anclado mentalmente en un pretérito en el que su mente vive, termina actuando de manera insegura no por maldad, sino por los propios temores que tal preconcepto de las cosas le producen.

Probablemente el pesimista alcance un techo mucho antes que el optimista. Tampoco digo que tiene que ser así, pero es seguro que marca tendencia y lo que es peor, que cuando el líder es el que está impregnado de pesimismo, también ayuda a que las personas que de él dependen queden como ese barco que ha quedado encallado en las arenas del tiempo.

Pero lo que tienen que aprender los pesimistas, es que el pasado puede enseñarles a hacer las cosas de otra manera. No tirar la toalla o ver los fantasmas a destiempo, sencillamente mirar las cosas desde otro ángulo.

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