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“¡No… no puedo hablar de felicidad… porque soy político!”

Por José Luis Zunni
Es habitual que reaccionemos con escepticismo a las cosas que desconocemos, por aquello de que el ser humano es esencialmente desconfiado.

Pero a veces, es conveniente dar un paso e incluso arriesgarnos en terrenos desconocidos, porque es casi una estupidez pensar que la vida, si la llevamos muy ordenadamente, no nos depara sorpresas. Siempre las hay. Las cosas ocurren. Los hechos imprevistos no los podemos evitar.

La pandemia es justamente todo esto en una sola palabra, porque crea desconfianza y desasosiego, pero la peor de las sensaciones es la incertidumbre que nos ha metido bajo la piel.

“¡No… no puedo hablar de felicidad… porque soy político!”
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Vamos a referirnos a una importantísima iniciativa que la Asamblea General de la ONU decretó en la resolución 66/281 de 2012, para que el 20 de marzo se celebrase el Día Internacional de la Felicidad.

Y ésta efemérides viene ocurriendo sin que se le preste demasiada atención.

¿Pero por qué es tan relevante este hecho?

La finalidad es reconocer la relevancia de la felicidad y el bienestar como aspiraciones universales de los seres humanos y la importancia de su inclusión en las políticas de gobierno.

Nos surge una gran duda: ¿estamos persuadidos de que los gobiernos se han leído esta resolución?

Y una segunda pregunta: en caso de que sí…lo cual debería ser lo lógico, ¿le están atribuyendo la importancia que realmente tiene en las poblaciones de los países?

Nos inclinamos a que las respuestas son un gran ¡NO!, sin por ello dejar de afirmar que frente a la preocupación del impacto que el Covid-19 ha provocado en la población mundial, sí estamos seguros que los gobiernos reaccionaron en términos globales bastante bien para resolver un gravísimo problema sanitario sin precedentes.

Otra cosa bien diferente es, si ha habido tiempo (habría que haberle hecho un hueco) para referirse a la felicidad, con sólo haber bajado la tremenda dosis de incertidumbre que ya ha cumplido un año y no tiene visos de que baje en intensidad.

Por tanto, vamos a considerar esta cuestión de la felicidad como algo sustancial para la psicología social e individual, en concreto, para la salud mental de la población y no menos importante, lo que ésta puede desencadenar en la salud física.

También se creó el WORLD HAPPINESS FEST, el foro global sobre felicidad y bienestar en 2017, por Luis Gallardo, quien fue director global de marca de Deloitte y ahora es miembro de la Junta del día Internacional de la felicidad e la ONU.

Es un foro multidisciplinar en el que se abordan temáticas tan diversas como como la salud, la educación, las nuevas tecnologías, el desarrollo personal, el impacto social, la educación, la música, el arte, la cultura, la gastronomía, las políticas públicas, y que cuenta para ello con más de 400 expertos alrededor del mundo que forman parte de un rico ecosistema entorno al mundo de la felicidad y el bienestar.

Sabemos que la Agenda 2030 y los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), adoptados por todos los países miembros de Naciones Unidas, marcan una agenda universal hasta 2030 que pone en el centro a las personas, el planeta, la prosperidad y la paz.

Es por ello que el World Happiness Fest está comprometido con estas metas y trabaja para contribuir a construir un futuro mejor.

Pero a su vez, este foro el WORLD HAPPINESS FEST, es uno de los principales pilares de la FUNDACIÓN WORLD HAPPINESS FOUNDATION, de la cual también se derivan otras importantes creaciones en este campo, como es el Observatorio de la Felicidad que es un portal que recoge y sintetiza las principales noticias entorno al mundo de la felicidad y el bienestar.

La falta de políticas

He hecho una síntesis de lo más relevante.

Existen muchas otras iniciativas, autores, investigaciones, etc.

Una vez más la sociedad civil por encima de la clase política que está elegida por aquella pero a la que la segunda no presta toda la atención que debiera en el plano humanista.

¿Es que no les importa? ¿Es que desconocen estas iniciativas, o jamás se han preocupado por profundizar en los estudios e investigaciones disponibles?

Como suele decirse: ni una cosa ni la otra. Ni son ignorantes respecto a todas las iniciativas en este campo de la felicidad, ni tampoco puede afirmarse (sería una temeridad) que no les importa.

La cuestión radica entonces en que debemos subir un peldaño más en el análisis: lo que llamo el grado de sensibilidad de la clase política. ¡Y aquí subyace el auténtico agujero negro!

Soluciones las hay…la cuestión es la decisión política que haya que tomar

Si la preocupación es que en determinado momento se produce un colapso hospitalario…desde ya que es prioridad atender este grave problema. También que no falte el equipamiento adecuado del personal sanitario. O que en estos momentos, el ritmo de vacunación no debe bajar, por contra, debe incrementarse significativamente.

Todas estas preocupaciones que compartimos con los gobernantes, como debe ser, tienen en la escala de prioridades del 1 Al 10 siendo 1 la más inmediata y urgente, un valor 1.

Poner en duda esto es no contribuir a que nuestra clase gobernante cumpla eficientemente con su responsabilidad.

Pero la ciudadanía (nosotros) tenemos a su vez la obligación de exigir más nivel a la clase política, no sólo en cuanto a la resolución de lo urgente (salvar vidas, colapso de hospitales, equipamiento, vacunación, etc.), sino ver más allá del árbol…o sea el bosque (como decía Don Ortega y Gasset).

El bosque incluye la psicología social e individual. Desde ya que necesariamente entre sus elementos constitutivos de esa naturaleza amplia que conforma la especie humana, el gran intangible que es la felicidad termina siendo una materia muy tangible, porque la salud mental de una población es directamente proporcional a los niveles de felicidad más o menos razonable que operan en dicha sociedad.

Si esta sociedad vive en conflicto permanente (aunque no sea porque esté en zona de conflicto armado y similares, como es el caso de Siria), hay malestares que la población sufre provocados por la inoperancia, incompetencia, frivolidad, falta de escrúpulos, inconsciencia y un largo etcétera de personalidades que tienen las riendas de las políticas, entonces la infelicidad está a la vuelta de la esquina. Así de simple.

No se requiere mucho esfuerzo para que una población sea infeliz. Por contrario, sí se exige mucha dedicación, preocupación, sensibilidad, empatía y otro largo etcétera, para que esta clase gobernante al menos logre enviar unos mensajes de tranquilidad basados en datos fidedignos, en toma de decisiones oportunas, en preocupación sana sobre la vida de las personas no sólo en el plano físico y de contagios, sino en el del otro plano, el más difícil de abordar que es el de las emociones.

Y si un virus tiene la fuerza de expandir su mal a través del contagio, también la psicología social se contagia, la infelicidad y la sensación de inestabilidad, inseguridad e incertidumbre, son como una mancha de petróleo en el océano que se expande y es tremendamente complicado erradicar.

La felicidad y los foros, expertos, autores, iniciativas como las descritas más arriba, son esenciales para que la felicidad esté entre nosotros como algo natural.

No es cuestión de palabras sino de hechos. La felicidad no se promete, sino que hay que construirla.

Bien que nos gustaría escuchar alguna vez la palabra felicidad de la ciudadanía en boca de un político.

Da la impresión que no entra en el vocabulario de la clase dirigente. Pues ya es hora de que lo incorporen. Sería un gran paso en el camino de la empatía que a veces se esfuerzan en demostrar pero que en los hechos queda vacía.

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