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Pienso…luego fracaso

La filosofía de Descartes nos enseñó que si pensamos, es indudable que existimos. Hoy quiero profundizar en algo que habitualmente nos atormenta: el sentimiento de fracaso.

Hace un tiempo me contaron un chiste en el que un amigo le dice a otro:

- Mi padre siempre le ha dado grandes satisfacciones a sus amigos.

- ¡Ah…sí! ¿Y cómo lo hacía?, pregunta el otro con gran interés.

- Fracasando….fracasando y fracasando.

A pesar de la crueldad (un relato típico de humor negro), no deja de ser cierto. Porque si algo tememos en nuestra vida, especialmente en el trabajo, es al fracaso. Aunque diría, sin riesgo de errar demasiado el tiro: es casi una reacción natural tenerle miedo al fracaso, pero más aún nos genera pavor, el disfrute que nuestro fracaso provocará en otras personas, lamentablemente siempre próximas a nuestro círculo personal y profesional.

¡Cómo superar no sólo cada fracaso, sino esa terrible sensación de haber fracasado, cada vez que se produce en nuestra vida!

En primer lugar, fracasar en algo es inevitable. De hecho, hay gente relevante que ha fracasado mucho y de manera notoria. Pero finalmente su cúmulo de fracasos (experiencia) lo convirtieron en éxito. O sea, que desde el punto de vista de nuestra psicología personal, tenemos que buscar los BENEFICIOS DEL FRACASO. Algo así, como una vacuna contra fracaso y disfrutes de los que “celebran” que no hayamos triunfado.

La cuestión es que cualquiera que haya logrado algo grande, seguramente haya tenido una reacción psicológica que le ha permitido doblegar fracasos pretéritos y allanar el camino del éxito.

¿Pero cómo lo habrá hecho? Muy simple: ha abrazado el fracaso como algo propio, convirtiéndolo en experiencia de la cual se ha nutrido para impulsar esa nueva andadura hacia el éxito. Algo así como que en vez de arrepentirse de algo, ha aprendido a vivir con el arrepentimiento, transformándolo en motivación y no dejarlo en autocompasión.

Entonces, ¿en dónde está la clave para transformar el fracaso en éxito? Nuevamente desde el punto de vista de nuestra psicología individual, el fracaso produce una sensación (impacto emocional) de la misma manera que la generan otras acciones de nuestra conducta. Por tanto, depende cómo reaccionemos ante esa adversidad que se nos ha atravesado en el camino, para poder ver la medida del éxito que somos capaces de generar.

Hay personas que ante la primera barrera, abandonan. Otras, buscan la forma de soslayarla. Me gustan aquellas personas que no las evitan, sino que saben gestionarlas. No las ignoran, sino las analizan para derribarlas. Conocer lo que ha pasado para que las cosas no salieran según lo previsto, requiere de información objetiva, sin maniqueos ni distorsiones que lo único que hacen es que nos engañemos a nosotros mismos. Saber en qué nos fue mal porque algo se hizo mal, es mejor que buscar culpables.

Al mismo tiempo, al saber realmente lo ocurrido y por qué ha sucedido de la forma que ocurrió, el fracaso se convierte en una herramienta de aprendizaje. Se asumieron riesgos y estaba dentro de las probabilidades tanto el éxito como el fracaso. La cuestión es si Ud. estaba mentalmente preparado para el fracaso. Es más: pudo haberlo estado, aunque no para asumirlo, que es una cosa distinta.

El fracaso es un generador de miedo, que nos inhibe de realizar nuevas acciones. Cuando se fracasa, la frustración y decepción que nos invade nos paraliza, o sea que el miedo nos embarga y no nos deja reflexionar. Es fundamental tomar distancia (unas horas o unos días) para analizar qué es lo que ha salido mal, cuál es nuestra responsabilidad y si podríamos haberlo evitado.

Sobre la marcha, tiene Ud. que evaluar cuáles deben ser entonces las acciones para que no vuelva a ocurrir lo mismo. El fatalismo que rodea al fracaso es malo, pero peor es la falta de reacción (nuestra capacidad emocional para aguantar el golpe) para poder hacer el cambio que debemos hacer. Desde ya, que el fracaso es en sí mismo una razón para cambiar.

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