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Rusia, fake news y redes sociales

Así funcionaba la redacción de los mentirosos
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Así funcionaba la redacción de los mentirosos

viernes 23 de febrero de 2018, 15:36h
La investigación del FBI sobre la supuesta injerencia rusa en las elecciones estadounidenses saca a la luz el rocambolesco 'Proyecto Lakhta'. Te explicamos todo lo que se sabe hasta ahora.

¿Qué relación pueden tener el número 55 de la calle Savushkina de San Petesburgo con el 1600 de la Avenida de Pennsylvania? Para el FBI, más de lo que hubiéramos podido llegar a imaginar. Porque es en un moderno edificio de la segunda ciudad más importante de Rusia desde donde supuestamente se dibujó un complejo entramado digital cuyo objetivo era influir en las elecciones estadounidenses que ganó el multimillonario Donald Trump. Las herramientas eran sencillas y al alcance de cualquiera: redes sociales combinadas con los más bajos instintos del ser humano. La explotación de un bug que todos llevamos de serie a través de las plataformas que monopolizan la conversación digital. La persuasión pacífica, progresiva y más efectiva que se ha conocido jamás para lograr un fin político: sentar en el Despacho Oval al candidato más polémico e irracional que han conocido los Estados Unidos para que sus propias políticas perjudicasen al país que pretendía salvar. Y lo consiguieron.

En San Petesburgo se ubicaba la Internet Research Agency, una empresa fundada por el empresario Yevgeny Prigozhin, conocido como 'el cocinero de Putin' por dedicarse al sector de la hostelería y dar de comer habitualmente a su amigo el presidente. De hecho, de Prigozhin depende Concord Catering, la compañía que provee alimentos al Ejército ruso. Su cercanía con Putin le ha hecho merecedor de contratos por valor superior a los 3.000 millones de dólares en los últimos años, según una fundación anticorrupción rusa. Otras voces dicen de Prigozhin, quien salió de la cárcel en los 90 después de cumplir varios años por robo y otros delitos, es alguien tan cercano al Presidente ruso, que éste confía en él para hacer trabajos tan sucios como enviar milicianos a zonas de conflicto. De hecho, un reportaje del 'New York Times' explica, citando a un medio ruso, cómo Prigozhin llegó a firmar un supuesto trato para enviar combatientes a proteger los campos petrolíferos de Siria a cambio de un porcentaje de las ventas del crudo. Un papel demasiado importante en la política rusa para un hombre que comenzó su carrera con un puesto de perritos calientes en San Petesburgo, que rápidamente convirtió en el sitio de moda en la ciudad. En los últimos años, Prigozhin ha continuado con sus empresas de hostelería, aunque en 2014 diversificó el negocio creando la Agencia Federal de Noticias (Riafan), un medio de comunicación de corte nacionalista y simpático con Putin. Era su primera incursión en el periodismo. O no: la Internet Research Agency data de 2013.

La fábrica de trolls

En un primer momento, la Internet Research Agency promovía en redes sociales mensajes a favor de las políticas de Putin y en contra de algunas decisiones occidentales. Su público objetivo era Rusia, pero parece que no tardaron mucho tiempo en ver el potencial que tenían entre manos, por lo que empezaron a diversificar mensajes para influir sobre otros países, como es el caso de Ucrania. Después, en 2014, le tocó a Estados Unidos.

Entre 2015 y 2016 se llevó a cabo el 'Proyecto Lakhta', centrado en influir en las elecciones estadounidenses de noviembre de 2016 utilizando una combinación de redes sociales, mentiras y bots. El objetivo era perjudicar las opciones de Hillary Clinton para llegar a la Casa Blanca y favorecer el triunfo de Donald Trump, además de profundizar en la división interna de los Estados Unidos. Para ello recurrían no solo a la exacerbación de hechos reales que sucedían durante la durísima campaña, sino a temas como la religión, los conflictos raciales, la homosexualidad, la inmigración o la legislación sobre la tenencia y uso de armas en el país. Temas que siempre despiertan polémica, sobre todo si se azuzan de manera irrespetuosa e irresponsable.

El funcionamiento era sencillo: un grupo de humanos (entre 400 y 1.000 personas, según la investigación) configuraba mensajes radicales, verdaderos y falsos, desde San Petesburgo, aunque con ayuda de activistas de todo tipo e incluso de oportunistas que se subieron a un carro que desconocían (como los adolescentes macedonios que fundaron sus propias redes de desinformación porque ganaban dinero con ello). Estos mensajes se publicaban en páginas y perfiles de Facebook, tanto de forma orgánica como pagada. La compañía de Mark Zuckerberg cree que casi 126 millones de estadounidenses fueron impactados por alguna de las 80.000 publicaciones de la Internet Research Agency, que utilizaba centenares de perfiles falsos para masificar los mensajes y llegar a más gente. Algo similar sucedió en Twitter, donde decenas de cuentas automatizadas (bots) retuiteaban este tipo de publicaciones, más de 130.000. En Google se recurrió a la inserción de publicidad. YouTube alojó más de un millar de vídeos. Disponían de hasta 1,2 millones de dólares mensuales para llevar a cabo todas estas acciones.

Cuando las redes sociales se quedaron cortas, el Proyecto comenzó a financiar mítines falsos e incluso a pagar a activistas estadounidenses para forzar situaciones que favorecieran a Trump y perjudicaran a Hillary Clinton, a quien un hackeo restó aún más posibilidades de convertirse en presidenta. Nunca se supo de quién fue obra, pero lo cierto es que Donald Trump alcanzó la presidencia de los Estados Unidos. Ahora la duda, y lo que investiga el FBI, es si sabía algo de todo esto o si fue un regalo de Vladimir Putin. De momento ha imputado a 13 personas, entre ellas a Prigozhin, y ha hecho públicas estas informaciones. El resto todavía está por ver, incluso la verdadera influencia que tuvieron estos mensajes sobre las elecciones (algo discutido y discutible, aunque todo indica que fue escasa). Rusia niega la mayor de todo esto y se desvincula de estas actividades, que supuestamente se replicaron en Reino Unido (favoreciendo las noticias que optaban por salir de la Unión Europea), España (calentando aún más el proceso secesionista catalán) o Alemania y Francia (dando alas a la extrema derecha). Ningún país parece estar a salvo, máxime si se conjugan estas acciones con la posibilidad de hackear los sistemas informáticos utilizados para el conteo de votos en las elecciones.

Cómo defenderse

En cualquier caso, el problema de fondo no es ni ideológico, ni social, ni político, ni técnico: es de educación y sentido común. La mayoría de los mensajes que azuzaron la campaña estadounidense o sus réplicas europeas eran fácilmente desmontables con una simple búsqueda en Google o el acceso a medios de comunicación serios. El problema es que las personas víctimas de estos mensajes no recurren a medios serios, sino que leen las noticias en redes sociales y se informan por 'medios alternativos', el eufemismo con el que las redes de la mentira justifican estar publicando lo que una supuesta y gigantesca conspiración global les quiere ocultar. Lo que no saben es que la verdadera conspiración está detrás de los mensajes que toman por ciertos, cuyo único objetivo es aprovechar una falla del sistema para rellenarla con mentiras y obtener réditos políticos. Los usuarios se convierten en simples peones de un entramado que se aprovecha de su situación para conquistar un objetivo decidido en un despacho, y cuyos máximos perjudicados son precisamente ellos por las consecuencias derivadas del triunfo de las ideas extremistas que promueven. Por eso hay que seguir reivindicando el papel de los medios de comunicación profesionales como refugio contra la mentira y la desinformación. No son perfectos desde el momento en que están dirigidos y producidos por humanos, pero al menos tenemos la certeza de que están sujetos a normas y leyes que garantizan la veracidad de los contenidos que publican (que se atreva cualquier periódico a publicar una mentira, a ver cuánto dura sin sentarse en el banquillo). Tenemos a nuestro alcance más medios de comunicación que nunca, de todos los colores, ideologías, lenguas y naciones. No ha habido otro momento en la historia en el que fuera más sencillo comparar informaciones. Contrastar. Si la palabra del año en 2016 fue 'posverdad', propongo que la de 2018 sea 'contrastar'. Es hora de que deje de ser patrimonio exclusivo de los periodistas.
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