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Amplio análisis de la periodista de 'The Washington Post' Anne Applebaum, experta en redes sociales

Santiago Abascal, secretario general de Vox.
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Santiago Abascal, secretario general de Vox.

El auge de Vox es prefabricado

El partido ha sabido aprovechar una tormenta perfecta favorable a sus postulados, lo que le ha permitido sacar 24 escaños y el 10 % de los votos en las recientes elecciones de España. Su estrategia de comunicación, sin embargo, no es inédita.

Lo que en Estados Unidos es un prestigioso medio digital que en cierto modo está marcando el camino a los tradicionales, en España es un temido partido político hasta ahora irrelevante que en cierto modo ha marcado la estrategia electoral del centro-derecha -llevándose por delante al símbolo desde la llegada de la democracia al país, el Partido Popular, que ha encajado su peor derrota y ha perdido en los comicios más escaños de los que le han quedado-. Hablamos de Vox, que en Estados Unidos utiliza el amarillo como color corporativo (el color elegido por los secesionistas catalanes en su propaganda) y en España el verde, habitualmente ligado a partidos ecologistas e incluso de izquierdas ('los verdes').

Lo cierto es que estamos en una época en la que, o todo da igual, o todo se entremezcla hasta la misma desaparición de las fronteras que antes marcaban dónde empezaba una idea y dónde dejaba paso a otra. Y eso es, precisamente, lo que analiza con detalle la periodista Anne Applebaum en 'The Washington Post', que ha dedicado un extenso reportaje a explicar (o tratar de hacerlo) las razones que han llevado a un partido irrelevante de extrema derecha a obtener 24 escaños y el 10 % de los votos en las recientes elecciones de España. Las razones que han llevado a una radicalizada escisión del Partido Popular a llenar estadios y plazas a pesar de tener al grueso de la prensa en su contra. Las razones que podrían explicar por qué un partido sin apenas presupuesto y sin el favor (oficial) del establishment ha logrado marcar la campaña política al resto de formaciones, tanto de centro-derecha (que se han escorado a la derecha para contrarrestar su mensaje) como de centro-izquierda (que ha ganado gracias a haberse sabido erigir como fuerza de contención de la llegada del extremismo conservador al país, lo que ha movilizado a sus habitualmente perezosos votantes y ha aumentado la participación a su favor -casi seis puntos más que en 2016, hasta superar el 75 %, y el segundo dato más alto desde 2004, cuando las elecciones acusaron el zarpazo terrorista que se llevó por delante casi 200 almas en Madrid-).

La primera conclusión del análisis de Applebaum es un spoiler: no logra desentrañar qué hay detrás del éxito de Vox (porque se puede considerar un éxito su papel en las elecciones). Es probable que ni siquiera en Vox sepan cuál ha sido la tecla determinante para sentarlos en el Congreso, si bien parece que todo se debe a una tormenta perfecta que ha jugado a su favor (y que han sabido jugar).

Por qué Vox ha tenido tantos votos

El origen del éxito de Vox en 2019 tiene dos inicios, o un inicio en dos fases. Por un lado, el inesperado triunfo de Donald Trump en las elecciones estadounidenses de 2016 dio alas y pie a los movimientos y partidos políticos de la nueva extrema derecha, que por ser nueva, y por tanto adaptada a los requerimientos sociales de la época, tienen mayor capacidad para calar entre personas que nunca han sido de extrema derecha -y puede que ni siquiera de derechas-. Ese mismo 2016 también triunfó el Brexit (o al menos su votación, porque del resto es mejor no hablar), mayoritariamente relacionada con la crisis de los refugiados de 2015 (¿será este el origen de todo? En tal caso, el verdadero estaría en el estallido de la guerra de Siria, a su vez originada a raíz de la Primavera Árabe -tal vez habría que buscar quién estuvo detrás de aquello...-).

El segundo inicio del auge de Vox fue el otoño secesionista catalán que vivió España en 2017, cuando el gobierno nacionalista de Carles Puigdemont -hoy fugado de la Justicia española en Bélgica- organizó un referéndum para votar sobre la secesión de Cataluña, a pesar de no tener competencias para ello y de haber sido por ese mismo motivo prohibido por el Tribunal Constitucional; poco después, basándose en sus supuestos resultados, declaró la independencia de la región, anulando con ello la aplicación de su propio Estatuto de Autonomía, de la Constitución Española de 1978 e incluso de la legislación de la Unión Europea suscrita por España. Un hecho que en cualquier país del mundo sería considerado un golpe de Estado en toda regla, pero en España se empañó la claridad por la torpe gestión de la crisis por parte del Gobierno de Mariano Rajoy: envió a las Fuerzas de Seguridad a aplacar a porrazos a los votantes. El asunto está ahora mismo en Tribunales, donde Vox forma parte de la acusación.

El partido de Santiago Abascal, un ex del Partido Popular, rápidamente se erigió como el único capaz de garantizar la unidad de España poniendo coto a los secesionistas catalanes no solo ante sus presentes y previsiblemente futuros desmanes, sino ante parte de la izquierda española que ve en la negociación y cesión de competencias la única salida digna al problema. Ahora sabemos que gran parte de la población española también apoya la vía del diálogo en la que todas las partes deberán ceder para solucionar un asunto enquistado desde hace décadas, aunque controlado -con dinero y poder político- durante otras tantas: el PSOE, que en su efímera primera legislatura de Pedro Sánchez apostó abiertamente por la negociación con el Gobierno catalán para encontrar una salida pactada al conflicto, ha arrasado en las elecciones de este año y tiene relativamente fácil formar un gobierno con la fortaleza necesaria como para agotar los 4 años de legislatura. Un modelo contrapuesto al del centro-derecha y la derecha, que apuesta por la aplicación del Artículo 155 de la Constitución Española (que permite disolver un gobierno autonómico si incumple las leyes y la propia Constitución, y que fue aplicado tras la declaración unilateral de independencia de Puigdemont y sus aliados para convocar nuevas elecciones -que ganó Ciudadanos, de centro-derecha-, aunque no pudo formar gobierno).

Pero Vox ha ido más lejos que ofrecerse como garante de la continuidad de España como país: también se ha erigido en promotor y protector de ciertos "valores" a su juicio en peligro, algo que entra de lleno en el terreno de la identidad, ya sea en cuanto a género (apuesta por eliminar la actual ley de lucha contra la violencia de género porque considera que criminaliza a los hombres por el mero hecho de serlo), en cuanto a religión (los musulmanes están en su punto de mira, al considerar que quieren "destruir Europa y la civilización occidental", como tuiteó el propio Abascal poco después del incendio en la catedral de Notre Dame) o en cuanto a la propia nacionalidad, pues su papel de garante de la Nación española parece que también le otorga el de árbitro decisor de quién es buen español. Ya sabemos que cuando ni se sabe ni se puede hacer política, agitar una bandera suele funcionar. Que se lo digan a los independentistas de lazo amarillo.

El caso es que el partido de Abascal ha conseguido aderezar estas cuestiones con otras como su apuesta por permitir que los ciudadanos posean armas para defenderse cuando alguien acceda a su hogar para robar, su euroescepticismo o la búsqueda de eliminar el Estado de las Autonomías y volver a centralizar todas las competencias que actualmente poseen las Comunidades Autónomas. Propuestas que se identifican con la derecha alternativa estadounidense que representan Donald Trump y personajes como Steve Bannon, a la sazón el considerado cerebro en la sombra de un movimiento con ramificaciones en Francia, Hungría, Polonia o Italia, donde los partidos y políticos alineados con esta nueva vieja ideología o bien están gobernando, o bien amenazan con ello.

Las conexiones internacionales de Vox

El reportaje de 'The Washington Post' pone el acento en esta cooperación global, que se da de un modo directo e indirecto. El directo, porque existen lobbies como CitizenGo, la rama internacional de la asociación conservadora española HazteOir.org, que tienen cierta relación con los jerarcas de Vox y de otros partidos de la órbita. También porque Vox no oculta que mantuvo alguna reunión con Bannon, aunque asegura que no participó en la campaña. Eso lo hicieron ellos por su cuenta, y aquí llega la cooperación indirecta: su comportamiento electoral imitó el llevado a cabo por Trump, diseñado en su día por Bannon, que de este modo se erige puede que sin quererlo en el mejor estratega político no ya del momento, sino de los últimos tiempos.

Vox se ha caracterizado por hacer un uso intensivo de las redes sociales y los medios alternativos, donde ha jugado sin apenas presupuesto pero ha logrado un importante impacto gracias a sus memes y a haber sabido agitar a la opinión pública con propuestas en ocasiones tan descabelladas como la de llenar España de armas, pero igualmente efectivas para picar a la oposición y a los medios, con quienes mantiene una más que tensa relación que lleva al partido a prodigarse únicamente por las ramas mediáticas que apoyan sus postulados. Aunque también se han encontrado con inesperados aliados en forma de medios digitales sensacionalistas e incluso abiertamente mentirosos que han sabido calar entre una parte de los ciudadanos que apoyan a la formación con algo tan fácil como efectivo como decirles que ellos cuentan lo que los demás ocultan. Sí, en España también hay fake news.

La relación de Vox con las noticias falsas resulta evidente al escuchar algunos discursos de sus miembros. En frecuente que en los mítines se cuele algún dato falso, algo que se puede imputar a prácticamente cualquier partido político. Pero quizás no lo sea tanto el ecosistema digital que apoya a Vox, y que es prácticamente calcado del que apoya a Trump o a los secesionistas catalanes. Parece mentira que no tengan mucho que echarse en cara...

Lecciones de comunicación

El reportaje de 'The Washington Post' habla de un análisis de la firma Alto Data Analytics, especializada en la aplicación de Inteligencia Artificial en redes sociales. En él se detalla cómo los secesionistas catalanes, la extrema izquierda y Vox se comportan prácticamente igual: grupúsculos de usuarios hiperactivos y bots interactúan en foros más o menos cerrados retroalimentándose constantemente y difundiendo por el camino todo tipo de mensajes, sean o no verdad, que refuercen sus propias posiciones. Son como sectas digitales que cuando logran llegar a un incauto potencial simpatizante, casi con toda seguridad sabrán penetrar en él explotando sus filias y fobias. En ese momento habrán ganado un adepto más a su causa, que probablemente se beneficiará en un futuro cercano en forma de un voto más. Cada escaño se gana individuo a individuo, aunque sea a base de mentiras, medias verdades, magnificaciones y mucha, muchísima propaganda de laboratorio, pensada y creada para despertar los miedos de cada persona, agitarlos y ofrecerse como respuesta, siempre en contraposición a los demás, considerados origen de los males que afectan a cada individuo en un esquema que, como las cucarachas, es capaz de adaptarse a cada momento.

El problema que plantean estos esquemas al periodismo tradicional es la dificultad para hacer entrar en razón a quienes han caído en las garras del fanatismo. ¿Cómo le explica un periódico ajeno a la órbita mágica de alguno de estos movimientos a un individuo abducido que los líderes supremos del movimiento de recuperación de la libertad sustraída por las fuerzas subyugadoras están creando un discurso basado en mentiras para las que proponen soluciones irreales? Tal vez el verdadero reto de la profesión en estos momentos esté ahí y no tanto en buscar la forma de abrir el bolsillo de los lectores dispuestos a asumir la verdad. Principalmente porque mientras algunos periódicos o medios buscan la forma de encontrar la aguja de la verdad en el pajar de la mentira, otros periódicos o medios continúan alimentando el fuego de la irrealidad tergiversando medias verdades hasta límites insospechados simplemente porque funciona. Los 24 escaños de Vox lo demuestran.
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