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Liderar desde una ética integrada en la innovación tecnológica

Por José Luis Zunni
martes 25 de enero de 2022, 10:16h
Uno de los debates más importantes que se sigue dando uno y otro día es el de la manera en que la ética debe integrarse en el desarrollo tecnológico. No es una cuestión meramente académica, sino que tiene consecuencias prácticas.

Debemos partir de la base que la responsabilidad no tiene por qué obstaculizar la innovación. Esta es una falacia utilizada con fines particulares, no de interés general

Es que durante mucho tiempo nos hemos visto dominados por una especie de mantra (cuestión que desmentimos rotundamente) por la creencia de que la regulación, ya sea en forma de legislación por parte de los legisladores o prácticas éticas internas de cualquier organización, termina siendo una frontera, ese límite natural que bloquea todo el sentido que debe tener la innovación. Y esto es rotundamente falso.

Liderar desde una ética integrada en la innovación tecnológica
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Las sociedades modernas y democráticas, llevan ya también un largo recorrido en el que, para convivir ciudadanos y empresas dentro de las curvas de crecimiento y desarrollo, tienen que compatibilizar de manera equilibrada las regulaciones necesarias que requieren las actividades humanas, realizadas a nivel individual o de un colectivo, como el que perfectamente representa una empresa. Por tanto, una primera lección que debe sacarse de la evolución democrática y legislativa de al menos, las últimas tres décadas, que han sido de gran innovación científica y tecnológica, es que de ninguna manera la innovación es opuesta por definición a la regulación, sino que está indisolublemente ligada a ella.

Algunos críticos y también académicos (no faltan tampoco líderes empresariales) que ponen sobre la mesa ciertas cuestiones como el equilibrio entre el interés público (el bienestar común) con el rápido camino que se está recorriendo de manera imparable en el proceso que está delineando, especialmente en los últimos dos años, la economía digital.

Hay muchas maneras de entender la innovación, según las demandas que de ciertos sectores de expertos en ética tecnológica nos llegan diariamente, por un justo reclamo de que la ética definitivamente debería estar en ese espacio de innovación y transformación del que estamos siendo testigos en el presente, y aún más, del que vamos a ser copartícipes en una mayor medida en un futuro inmediato. Y esto viene de seguro, tanto de la mano de start-ups, como empresas ya muy consolidadas, como instituciones y gobiernos, porque todos tendremos que convivir en un espacio de concordia tecnológica y regulativa, o sea, un encuentro entre la mecánica pura del desarrollo y el componente ético del factor humano, imprescindible, por cierto, para mantener ese tipo de sociedades modernas, democráticas y abiertas a las que aludíamos.

Ni la innovación hay que entorpecerla con fronteras estúpidas ni tampoco hay que dejarla absolutamente liberada de todo principio de autoconsciencia natural que nuestra ética (como indeleble valor humano) nos exige. Ninguna organización debe esconderse detrás de la innovación so pretexto de proteger intereses que no están muy claros a quién favorecen. Y parece ser que no son pocas las empresas que pueden entrar en esta categoría. Porque en su razón de ser como empresa privada prevale una idea de innovación como una forma de aumentar la participación de los usuarios, desplazar a la competencia y mantener contentos a los accionistas. O sea, la dominación del mercado, o al menos ostentar la mayor cuota posible a cualquier coste, incluyendo, por supuesto, el ético. Porque al que no lo crea le aseguramos que la ética como principio humano termina siempre teniendo un coste para la sociedad en su conjunto. Basta ver la problemática de los últimos diez años del crecimiento económico y los agudos dolores que ha producido la desigualdad de las clases sociales a partir de la gran Crisis Financiera Internacional de 2008-2009. La desigualdad económica provocada por un crecimiento inequitativo que ha llevado a problemas muy serios de injustica social, exclusión y por supuesto, llevarse por delante la mínima concepción de lo que la ética humana deber representar.

No menos espectacular han sido los choques entre lo que significa formación y los comportamientos de los equipos de ética, caso de un grupo de ética de inteligencia artificial de Google que se convirtió en una fuente de creciente vergüenza para la empresa después de la partida de sus codirectores en circunstancias controvertidas. Sin duda ha habido un incremento en el mercado de consultoras en los que uno de los propósitos principales de su existencia ha sido la ética, porque se justificaba su presencia desde el momento en que sigue existiendo una preocupación sobre el grado de compromiso de las organizaciones, especialmente las tecnológicas, con sus comportamientos éticos.

Por tanto, cada vez que se aborda esta dicotomía aparente entre ética e innovación, hay que comprender cuáles han sido los errores del pasado en ignorar al factor humano y su comportamiento. Hemos entrado en un ciclo que necesariamente debe hacer converger este factor con las curvas de innovación y crecimiento tecnológico. Aprender de este pasado para dar forma a otra manera de hacer las cosas en los ámbitos en los que la innovación tiene actuación. Pero tengamos en cuenta, que en ese pasado (y no tan lejano) el espacio ocupado por la innovación no era absoluto, porque coexistían varios factores necesarios para el desarrollo empresarial, en los que la ética tenía un sitio, porque había más tiempo para el ejercicio del intelecto humano y de la acción humana. Este tiempo se ha trastocado desde que venimos acelerando los procesos de automatización, inteligencia artificial, robótica, etc., que restringen ese espacio humano por el propio peso específico de la innovación que ha cambiado y seguirá cambiando procesos, ya sea industriales o los simples procedimientos administrativos derivados de una renovación digital que todo lo abarca.

Esto exige entonces determinación política, tanto en esferas privadas como públicas (especialmente la clase política con responsabilidades de gestión que afecten a millones de ciudadanos) para aplicar todo conocimiento humano y trasfondo ético para dar forma a cualquier clase de regulación en el ámbito de la innovación. Esto implica que la visión que deben tener todos los agentes económicos y sociales, incluyendo las altas esferas de la política, es una idea de ética inclusiva, o sea, como parte integrante del desarrollo empresarial, lo que alentaría a los líderes del futuro a involucrarse con especialistas en ética tecnológica, incluso si el espacio sigue siendo experimental.

Ni organizaciones ni instituciones pueden prescindir de la ética de la innovación

Todo este esfuerzo hay que centrarlo una vez más en los procesos de formación y capacitación empresarial, por lo que sin duda se convertirán en parte esencial de cualquier negocio. No solo abordarlos cuando surjan, sino como un procedimiento que garantice en nuestra sociedad la libre investigación científica y tecnológica dentro de unos parámetros en los que la ética humana y la ética de la implementación tecnológica se escriban e interpreten con la misma palabra y especialmente, con el mismo significado.

También es necesario fomentar el tipo de enfoque adaptable necesario para una era de regulación cambiante, teniendo en cuenta que la clase política dirigente se muestra mejor predispuesta hoy que hace tres años para enfrentarse a los desafíos tecnológicos de mayor o menor impacto. Por ello, en la medida que en los debates se incluya la innovación, al menos tendremos cierto nivel de certeza de que podremos ir un poco más allá de los paradigmas existentes e imaginar mejores sistemas. Desde ya que la mejora en este sentido debe también ser considerada por las regulaciones futuras en las que el factor humano no pude jamás dejar de ser pieza clave para este juego de roles tan importante en el que hemos entrado todas las sociedades del mundo.

Lo que van marcando las líneas de actuación

Desde la Comisión Europea hay planes concretos de invertir en el orden de 1.000 millones de euros por año en inteligencia artificial (IA) entre 2021-2027, a través de los programas Horizon Europe y Europa Digital. Se suman a la UE, Suiza y Noruega, pero la primera ya se comprometió a alcanzar un total de 20.000 millones de euros de financiación en esta tecnología, un 70% más que en el periodo 2014-2017. Pero además hay otra puerta que se está abriendo, porque esta tecnología es el eje vertebrador de gran parte de la nueva Agenda Digital 2025 presentada por el Gobierno español a mediados de 2020 y que aglutinará gran parte de los nuevos fondos de recuperación promovidos desde Bruselas en materia de digitalización.

Sin embargo, Europa como lamentablemente nos tiene acostumbrados en esta carrera de la innovación, está quedando rezagada por la fuerza innovadora de Estados Unidos y China. Los estadounidenses están dominando gracias a sus poderosas empresas tecnológicas multinacionales, y en el caso del gigante asiático, domina en categorías como el reconocimiento facial, temas de armamento de última generación, exploración espacial, etc. Ya lo dijimos hace algunos años desde esta tribuna, que de los tres grandes bloques económicos del mundo, nosotros los europeos ostentábamos la tercera posición (o sea éramos la cola) en materia de innovación y gestión del conocimiento. Y esto, a pesar de los planes a varios años que la UE implementaba. Una vez más, Europa necesita ser mucho más ágil a la hora de competir a escala global, más aún, teniendo en cuenta que somos el bloque político económico más importante del globo, aunque lamentablemente no se ha repercutido este privilegio en la innovación. Por ello creemos conveniente, que además de la inversión de ingentes cantidades de dinero si quiere ser un actor relevante en esta era de la inteligencia artificial, hay que profundizar en las diferenciaciones que podemos dar los europeos, caso de ser un referente claro en el desarrollo de la IA ética y respetuosa con los derechos fundamentales.

Además, contamos en la UE con un antecedente claro que ya se hiciera con prevalencia sobre los otros bloques económicos, tales como la aprobación del Reglamento General de Protección de Dato o GDPR que ha sido imitado en diferentes países. Por tanto, es hora de consolidar nuestra propia escala de valores éticos europeos que desde ya son universales y que simultáneamente sirvan como un modelo de negocio en muchas regiones del globo. Al mismo tiempo no deben ser limitadores de la fuerza que requiere el desarrollo de todo el ecosistema tecnológico en nuestra región por el hecho de introducir principios y valores éticos, que no necesariamente se respetan por igual en otras regiones del planeta.

Una inteligencia artificial "centrada en el ser humano", basada en derechos fundamentales, principios éticos y valores. Esta es una de las premisas que recoge el borrador que ya ha publicado la Comisión Europea con las "guías éticas" para el nuevo plan de inteligencia artificial, presentado por el Ejecutivo comunitario. Un enfoque social que no tiene por qué ser incompatible con la rentabilidad de las empresas.

La UE necesita leyes que limiten efectivamente el poder que las grandes tecnologías ejercen sobre nuestras vidas, cuando la negatividad tiene su origen en haber traspasado de alguna manera los valores éticos fundamentales de ese tipo de sociedad moderna y humana que se supone somos en Europa. La apertura a la innovación y la voluntad de adaptación son vitales para el desarrollo de nuevas tecnologías.

Cuando desde los gobiernos se implementan inadecuadamente las regulaciones de cualquier tipo que sean, sea por defecto o por exceso, se convierte en un problema que antes o después hay que desactivar. Y este proceso exige la presencia de los actores económicos y sociales, para que se les inculque que hacia el futuro que nos enfrentamos, al menos tengan clara una voluntad legal y ética para superar los errores y las limitaciones del pasado. Incorporar conceptos como la reducción de daños y el bien común puede ayudar a limitar esos excesos.

También debemos mirarnos en espejos ajenos, como es el caso de Silicon Valley, que si bien pueden tratar la regulación como un obstáculo para la creatividad, hay que evitar a toda costa ese enfoque monomaníaco en el crecimiento y el dominio del mercado que siempre corre el riesgo de perjudicarnos a todos. Tratar la ética y la regulación como parte de la innovación ofrece la oportunidad de ir más allá de decidir cómo usar las tecnologías existentes y puede indicarnos qué tecnologías deben crearse.

José Luis Zunni es director de ecofin.es y vicepresidente de FORO Ecofin. Director de ECOFIN Business School y coordinador de ECOFIN Management & Leadership. Director del Centro de Liderazgo de la EEN (Escuela Europea de Negocios) y coordinador académico de la Red e Latam del grupo media-tics.com. Miembro de la Junta Directiva de Governance2014. Conferenciante. Ponente de Seminarios de Liderazgo y Management de la EEN y coordinador del FORO DE MANAGEMENT Y NUEVA ECONOMÍA DE LA EEN. Autor de ‘Inteligencia Emocional para la Gestión. Un nuevo liderazgo empresarial’, coautor de ‘Liderar es sencillo. Management & Liderazgo’ y coautor con Ximo Salas de ‘Leader’s time (Tiempo del líder)’

Antonio Alonso, presidente de la AEEN (Asociación Española de Escuela de Negocios) y secretario general de EUPHE (European Union of Private Higher Education).

Salvador Molina, presidente del Foro ECOFIN y consejero de Telemadrid

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