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Las plataformas digitales, en el punto de mira
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Las plataformas digitales, en el punto de mira

Google, Facebook y Twitter se han convertido en herramientas imprescindibles para la propagación de ideas extremistas. Las compañías se defienden y aseguran que han mejorado su forma de detectar y eliminar estos contenidos. Pero todavía queda mucho por hacer.

El último ataque terrorista de Londres ha vuelto a remover un problema relacionado con Internet y la tecnología que está ayudando indirectamente a los extremistas. Compañías digitales como Google, Facebook o Twitter (y sus servicios asociados) son gigantescas, prácticamente inmanejables. Es muy complicado controlar los contenidos de casi 2.000 millones de personas que suben millones de fotos, envían mensajes de persona a persona, cargan vídeos... en tiempo real. Solo en YouTube se añaden 400 horas de vídeo cada minuto, algo que ni siquiera un ejército de verificadores podría gestionar. Una brecha aprovechada por extremistas para propagar mensajes de odio que incitan a cometer acciones terroristas. Y una preocupación real para las Fuerzas de Seguridad de los países amenazados.

Entre medias, estas compañías se han convertido en actores involuntarios de un problema que cuesta vidas inocentes. Cada vídeo cargado de odio, cada mensaje radical y cada llamada a cometer actos terroristas supone un peligro en sí mismo, dado que podría ser la mecha que prendiera en un potencial terrorista, en cuyo caso podría dejar de ser considerado potencial y comenzar a planificar un atentado.

Compañías como Google, Facebook y Twitter son conscientes de su papel. Pero algunos gobiernos siguen apuntando directamente a estas plataformas como responsables de los contenidos que albergan y presionan para que modifiquen su funcionamiento interno a la hora de detectar y eliminar mensajes extremistas, como explica el diario británico 'Financial Times'. Estas empresas se defienden con cifras: durante la segunda mitad de 2016, Twitter asegura haber eliminar más de 376.000 perfiles relacionados con la promoción del terrorismo. Google eliminó en 2014 más de 14 millones de vídeos con contenidos terroristas y prueba un sistema que redirige al usuario a páginas con contenidos contrarios al odio en caso de realizar búsquedas que puedan incitar a la violencia. Facebook cuenta con un equipo humano que revisa los contenidos y elimina aquellos que considera inapropiados.

A pesar de estas acciones, la mayoría de las plataformas digitales sigue actuando tras recibir una 'denuncia': los usuarios pueden marcar como inapropiado un contenido y es entonces cuando se verifica si efectivamente lo es. Un proceso lento que puede llevar a situaciones como la acontecida recientemente en Facebook, cuando el vídeo de un asesinato se mantuvo online casi dos horas. Para el radicalismo, que un mensaje se mantenga durante dos horas en una red social supone mayores posibilidades de que alguien se tope con él y abrace sus ideas. No hay tiempo que perder.

Pero no todo el peligro está en la zona pública, en los muros y timelines. De hecho, la mayor preocupación está en otras plataformas: aquellas de mensajería instantánea, privadas, ocultas al mundo. Cierto es que siempre ha existido este riesgo (recordemos el teléfono), pero la facilidad para comunicarse a través de WhatsApp o Telegram sin dejar rastro es un quebradero de cabeza para los servicios de Inteligencia. Principalmente porque estas aplicaciones utilizan un cifrado de extremo a extremo que impide incluso al propietario del servicio acceder a los contenidos. Un escollo a la hora de investigar atentados, monitorizar a un sospechoso o prevenir el contagio de las ideas extremistas. Las compañías tecnológicas aseguran que ellos simplemente prestan un servicio y que la privacidad de los usuarios debe estar por encima. A fin de cuentas, solo un ínfimo porcentaje de los usuarios de estos servicios es un terrorista, algo por lo que no deberían pagar todos. Desde Telegram, considerada actualmente la mayor preocupación, se defienden y simplemente explican que acabar con el cifrado llevará a los terroristas a otras plataformas. También demuestran cómo cierran casi un centenar de canales de inspiración terrorista cada día. Mensajes que no convencen a las Autoridades, que a su vez deben responder ante una población cansada de sufrir ataques terroristas y enterarse de la facilidad que tienen los extremistas para comunicarse y planificar acciones violentas. Una cadena de responsables y corresponsables que ni siquiera se sabe exactamente dónde empieza y dónde termina, pero que ha puesto en juego la propia esencia de Internet y ha abierto un debate en la sociedad en el que los defensores de la privacidad a ultranza y los partidarios de la intervención se reparten las posiciones y dejan fuera de juego a quienes piensan que debe existir un equilibrio coherente entre privacidad y seguridad. Ni siquiera la tecnología sabe aún cómo hacerlo.
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