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Los terroristas presentan perfiles muy diferentes y no hay medidas simples

La masacre de Niza: lo que dicen los expertos
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La masacre de Niza: lo que dicen los expertos

A pesar de las extremas medidas de seguridad, de la Inteligencia y de las acciones encaminadas a la prevención, se siguen produciendo ataques terroristas que demuestran que se trata de un asunto más complejo de lo que parece y que la simplificación no funcionará.

Los seres humanos acostumbran a simplificar la realidad para poder comprenderla. Por eso existen los prejuicios y las etiquetas: es una forma de delimitar distintos factores que configuran el todo para poder abarcarlos en su conjunto. Esta estrategia, errónea desde la base, acostumbra a tratar de manera injusta a quienes etiqueta. Y en parte todos estamos etiquetados de una forma u otra. El problema es que no todas las etiquetas son correctas y que éstas pueden convivir entre sí: una persona puede ser calificada de varias cosas a la vez.

El terrorismo es una de esas parcelas de la realidad. Cuando un pistolero entra en una discoteca y asesina a balazos de manera indiscriminada a desconocidos se le etiqueta como terrorista. Cuando una persona rellena de explosivos acciona la carga entre una multitud se le etiqueta como terrorista. Y cuando el conductor de un camión busca atropellar al mayor número de hombres, mujeres y niños de toda raza, condición, edad, nacionalidad o religión también se le llama terrorista. La cuestión es: ¿qué es un terrorista? ¿Quién es un terrorista? ¿Qué convierte a una persona en un terrorista?

La RAE define el terrorismo, entre otras acepciones, como la “sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror”. Pero lo cierto es que “terror” es, simplemente, “miedo”, y un camión atropellando a gente que presencia un espectáculo pirotécnico no genera terror, genera muertos. Los muertos no tienen miedo, aunque la cuestión obvia de todo acto terrorista es infundir miedo a la población a través de las muertes de otros seres humanos. Muertes que acontecen en cualquier lugar y situación y a cualquier persona (de nuevo, independientemente de su sexo, edad, raza, condición, nacionalidad o religión). Personas en bruto, gente en general. No importa realmente quién.

Los expertos se afanan por etiquetar a personas. Buscan a potenciales terroristas, a personas que en cualquier momento podrían despertar un instinto depredador cuya naturaleza se desconoce. Para ello, crean, extienden y mantienen redes de vigilancia, prevención y actuación encaminadas a identificar a esas personas, controlarlas y, en su caso, detenerlas. Una ardua tarea que no funciona sencillamente porque está basada en etiquetas. Incluso los propios terroristas se etiquetan a sí mismos de manera incorrecta, por lo que, al partir de una etiqueta incorrecta, se producen acciones incorrectas, tanto desde la política como desde la sociedad. Aparecen odios y rencores que alimentan extremismos políticos. Surgen miedos (tal vez era el objetivo) que alimentan racismo, xenofobia y otros pensamientos medievales que crean brechas en sociedades que deben mantenerse unidas en busca de paz y libertad.

El terrorismo fomenta el divide y vencerás a través del odio. Siembra odio y recolecta odio, y riega con odio sus acciones. El odio, incompatible con la paz, se alimenta a su vez de problemas sociales, políticos y económicos. O eso dice, porque muchas veces quienes llevan a cabo acciones terroristas son sujetos que desconocen la pobreza, la marginación o, curiosamente, el odio. Personas que han nacido en sociedades libres y que han tenido oportunidades, pero que han elegido el camino del terror como vía de escape a sus frustraciones. Frustraciones que al ser canalizadas por la vía de la muerte infunden en la sociedad odio que justifica su propio odio, ese que canalizan por la violencia como respuesta al odio que sufren. Un círculo vicioso sin fin, una centrifugadora dispuesta a alimentarse de vidas inocentes que nunca sabrán por qué fueron eliminadas del mapa. Vidas que nunca conocerán los verdaderos objetivos y deseos de sus verdugos, tal vez porque no existen.

El Financial Times recoge varios ejemplos de terroristas movidos por distintos odios, porque al final parece que la gasolina que alimenta estas acciones es simplemente eso, odio en bruto. Habla de personas con perfiles absolutamente diferentes capaces de llevar a cabo acciones sorprendentemente idénticas. De cómo Ulrike Meinhof, una extremista alemana de izquierdas, fue responsable de una serie de atentados y tiroteos en los 70, en comparación con Anders Breivik, un noruego de extrema derecha que asesinó a 77 niños y jóvenes en un campamento de verano. Dos ideologías antagónicas en personas muy diferentes unidas por el odio que dio fruto a un mismo acto.

El atentado de Niza parece que ha sido perpetrado por un joven de 31 años, francés de origen tunecino. Tal vez naciera en Francia, creciera en Francia, se educase en Francia y, en fin, fuera a habitar el resto de su vida en Francia. Porque era francés, independientemente del resto de etiquetas. El odio, sin embargo, le llevó a atropellar hasta la muerte a cientos de personas durante dos kilómetros, sin importar realmente a quién.

El odio no tiene razones. El odio es la expresión misma de la sinrazón. Y quien odia no tiene razón, no tiene razones y nunca razonará. El odio es un fuego vivo que se alimenta de sí mismo, un agujero negro que funde a las personas a las que invade hasta cegarlas y cerrarlas. Hasta anularlas. Hasta hacerlas incomprensibles y paradójicas. Hasta el ridículo.

Tratar de eliminar el odio con odio sólo generará odio, la única etiqueta que es necesario eliminar.
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