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Las repercusiones globales de un conflicto geopolítico y tecnológico

Todo lo que esconde la guerra de Donald Trump contra Huawei
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Todo lo que esconde la guerra de Donald Trump contra Huawei

El veto de Google a los productos de Huawei, motivado por una ley estadounidense que supuestamente busca proteger al país del espionaje, encierra mucho más que algo tan simple de comprobar y evitar por una nación que gasta miles de millones de dólares al año en garantizar su propia seguridad. Detrás está el temor a que una China cada vez más envalentonada cumpla sus propias previsiones de convertirse en la primera potencia mundial... gracias a la tecnología, hasta ahora en manos estadounidenses.

Los ordenadores, sus sistemas operativos, Internet, los teléfonos inteligentes, los gigantes de la Red... ¿Cuáles de los elementos, englobados en el término 'tecnología', no han salido de Estados Unidos? Desde los años 60, cuando comienza a prestarse verdadera atención al asunto, los estadounidenses han desarrollado cada avance y lo han distribuido por el mundo. La ventaja que ha otorgado al país situarse en esa posición explica, en parte, su mantenimiento y refuerzo como superpotencia número 1 del planeta: fuera de ellos hay poco más en un sector que ya lo abarca todo y que será así para el resto de la Historia. Pero detrás de esta hegemonía también hay una historia de capitalismo. De búsqueda del máximo beneficio posible, en realidad a cualquier precio. Y esa historia encontró en China, principalmente, un paraíso que permitía fabricar todos esos hegemónicos productos a bajo, bajísimo, coste, y encima externalizando allí cuestiones tan molestas y peliagudas como los derechos laborales, salarios, condiciones de trabajo y cualesquiera otras chorradas para quien el aumento de los porcentajes de beneficio, allá en Wall Street, son objetivo vital. El problema para quien explota este modelo llega cuando la fábrica decide despertar y crecer. Pareciera que China leyó en algún momento los libros de autoayuda que gurús de toda índole, estadounidenses en su mayoría, te animan a tomar las riendas de tu propio destino. Pareciera que Xi Jinping se haya leído la biblioteca básica de esta enciclopedia del crecimiento personal y la autorrealización. Pareciera que, además de leerlo, lo hubiera puesto en práctica. Porque China dejó de ser la fábrica del mundo para convertirse en la fábrica para el mundo. De un simple suministrador a un actor con vocación de líder mundial, objetivo sustentado en 1.300 millones de almas dispuestas a comerse un mundo al que han servido durante décadas para pagar casas en el Caribe a las élites occidentales. Ahora ellos son las élites. Y para lograrlo, ha bastado, una vez más, con imitar al líder: China utilizará la tecnología para gobernar el mundo.

Huawei y el poder

En este esquema, Huawei es punta de lanza del gigante asiático. La compañía, fundada en Shenzhen en 1987, ciertamente ha tenido vínculos con el Ejército chino, algo que se debe a la trayectoria de su fundador, Ren Zhengfei. La empresa, no obstante, la fundó como civil y oficialmente sin ayuda alguna del Gobierno del país. Aun en el caso de que Huawei hubiera surgido como spin-off del Gobierno chino, tal vez podríamos hablar del origen de Internet. Pero en otro artículo.

Que China alumbrase compañías tecnológicas entraba dentro de lo normal, sobre todo porque durante los primeros años de la explosión del sector, los productos procedentes del país asiático eran vistos como baratijas sin verdadera calidad. Como copias baratas de los líderes de cada sector. Pero a medida que China va tomando consciencia de la necesidad de liberarse de esa etiqueta, sus compañías empiezan a tomarse en serio la necesidad de apostar por la calidad. Es entonces cuando Huawei pasa de fabricar "móviles chinos" a convertirse en el segundo fabricante más importante del planeta, solo superado por la coreana Samsung. Mientras lee estas líneas. 360 millones de móviles activos en el mundo han sido fabricados por Huawei, el 10,2 % del total, según datos de Newzoo. Solo durante los tres primeros meses de 2019, Huawei ha vendido más de 59 millones de móviles: 740.000 al día o 7 móviles por segundo. En ese mismo periodo, Samsung vendió más de 71 millones de móviles, lo que deja su cuota de mercado en el 23,1 %. En 2018, Apple representaba alrededor del 24 % de la cuota en el segmento smartphone. Huawei, apenas el 8 %: ha crecido un 50 % en apenas 12 meses. Es imparable. Y líder en mercados como el español, principalmente porque la marca fabrica terminales de prestaciones y calidad similares a los líderes del mercado pero, salvo excepciones, los vende a menor precio. Fabrica barato y vende barato. ¿Qué pensaría Wall Street?

China y Estados Unidos, una relación interdependiente

La economía global no son islas separadas con eventuales conexiones por mar, como pretenden pensar desde Donald Trump hasta los gerifaltes del Brexit o la extrema derecha nacionalpopulista en general. La economía global es global, una absurda redundancia difícil de comprender por quien promueve planteamientos asimismo absurdos en pleno siglo XXI. Pero como todo sea por un puñado de votos que alimenten desmedidos egos de personajes de escasa talla intelectual, he aquí que Donald Trump ha encontrado en el repliegue la supuesta respuesta al crecimiento de China. Como si eso fuera a frenar al gigante asiático. Datos: más allá de que un tercio de los móviles activos en el mundo en 2018 pertenecían a alguno de los cuatro principales fabricantes chinos (Huawei, Xiaomi, Oppo y Vivo), lo que hay dentro también cuenta. Huawei tiene más de 11.000 patentes registradas en Estados Unidos, de las 87.705 con que cuenta en total (en China supera las 43.000). La compañía fabrica y vende componentes necesarios por gigantes tecnológicos estadounidenses para que funcionen sus productos. Entre ellos Apple, por cierto (de ahí el batacazo de las principales tecnológicas en Bolsa: necesitan a Huawei, al menos a día de hoy; y de ahí, tal vez, la prórroga de 3 meses que ha dado Trump, que como buen bombero pirómano primero incendia y luego extingue).

La otra cara de esa interdependencia está en lo que muchos expertos pintan como el verdadero motivo oculto detrás de la campaña de Trump contra Huawei: el despliegue de las redes 5G. Que es el futuro de la conectividad está más que dicho. Que China aspira a liderarlo, también. Y si bien lo lógico hubiera sido tratar de competir en el terreno de juego (el mercado), lo cierto es que Trump debe de confiar bastante poco en sus empresas si piensa que la única forma de proteger a Estados Unidos de la pérdida del liderazgo de un gran avance como este es vetar a sus rivales extranjeros y promover el mismo veto entre países aliados, como siempre bajo amenazas. Parece mentira que del país que hasta ahora ha liderado porque realmente lo hace mejor, salga una persona tan desligada de algo tan americano como superar los retos a base de esfuerzo y buen hacer. Pero él es Donald Trump, no Jeff Bezos o Steve Jobs.

El 5G es la gran carrera tecnológica de los próximos años y la primera que podría no liderar Estados Unidos. No solo por la pujanza de compañías como Huawei, sino por el hecho de que China hará todo lo posible por cumplir sus objetivos. A saber: en 2025, haber reducido su diferencia tecnológica con las grandes potencias rivales; en 2035, haberse reforzado; en 2045, ser líder mundial en innovación gracias, entre otras realidades, al 5G y la Inteligencia Artificial, ladrillos que es necesario poner hoy para liderar mañana. Algo que financiará comerciando por el mundo con sus principales socios. Uno de ellos es Estados Unidos, con quien le unen intercambios por valor de 625.000 millones de euros al año. Cantidad que se suma a los 1,1 billones de dólares que China tiene en bonos del Tesoro de los Estados Unidos: Trump debe pasta a Xi Jinping. Lo que pasará a partir de ahora, en realidad nadie lo sabe. Mejor dicho: lo que pasará a partir de ahora, solo Donald Trump lo sabe. O cree saberlo.
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