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Javier Mayoral, autor del libro ‘Periodismo herido busca cicatriz’

“Muchos medios de comunicación se han convertido en lugares de paso”
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“Muchos medios de comunicación se han convertido en lugares de paso”

lunes 02 de julio de 2018, 12:19h

El periodismo vive una de las mayores crisis de identidad de su historia. Los periodistas ya no juegan un papel como mediadores y se encuentran desubicados en el nuevo entorno digital. Javier Mayoral, profesor de la Facultad de Ciencias de la Información de la UCM, analiza en un libro las heridas de una profesión que quiere volver a ganarse la credibilidad de los ciudadanos.

En 'Media-tics' seguimos muy de cerca la actualidad sobre los modelos de negocio que se imponen en el periodismo en la era digital. La crisis del modelo de negocio es una de las heridas que mencionas en tu libro, consecuencia directa tanto de la crisis económica global como de la digitalización. ¿Es esa obsesión por replicar la rentabilidad del papel lo que nos ha llevado a cruzar determinadas líneas rojas respecto al modo de ejercer nuestra profesión?

Antes de la crisis económica, de esta tormenta perfecta, ya había líneas rojas que se estaban transitando. La pérdida de credibilidad del periodismo no es de hoy. Llevamos bastantes años en este proceso. Es verdad que el último empujón es el de la crisis económica y la revolución tecnológica, y ahora es muy difícil salir del lugar en el que estamos porque la inmensa mayoría de los medios de comunicación están buscando la supervivencia. Cuando intentas sobrevivir, se rebajan todos los controles y salvaguardas de tipo profesional y ético. Solo te planteas cómo llegar a mañana. El periodismo de calidad tiene problemas para comercializar el producto propio del periodismo, que es la información. Creo que no hay un solo modelo de negocio, hay muchos que pueden llegar a ser rentables, pero para ello los ciudadanos tienen que ser conscientes de que ese periodismo les resulta útil. Aún no hemos conseguido transmitir a los ciudadanos la idea de que la información es un producto de primera necesidad para ser libres.

Una de esas líneas rojas ha sido sustituir la información por el entretenimiento. En Internet se utilizan titulares con gancho para que el lector haga clic en las noticias, en la televisión triunfa el tertuliano-showman... ¿El periodismo tiene que entretener o esa función no nos corresponde?

El periodismo no tiene más remedio que ser entretenido. Es muy difícil hacer un periodismo aburrido, si se convierte en aburrido es porque se habrá sometido a una serie de consignas y estará domesticado. Otra cosa muy distinta es que queramos hacer entretenimiento sin información. Ahora nos dedicamos a hacer productos en los que la información queda relegada a un segundo plano. Lo fundamental es entretener, captar la atención. Los ciudadanos se convierten en consumidores. En el medio digital ya no se habla de lectores, sino de usuarios, algo ya muy cercano a clientes.

Medios como 'The New York Times' o 'Financial Times' ya obtienen importantes ingresos procedentes de sus suscriptores. Si se impone este negocio, los medios dependerían menos de los anunciantes, pero Jesús Maraña advierte que podemos caer en el error de dar un sesgo especial a las noticias para que los lectores estén contentos y no dejen de pagar su abono. ¿Corremos el riesgo de pasar de la dictadura de los accionistas a una especie de dictadura de la audiencia?

Es cierto que los medios de comunicación pueden pasar de estar sometidos a los dictados de los grandes poderes públicos, a someterse por voluntad propia a los dictados de las ideologías, los gustos y las preferencias de los propios consumidores. Los lectores en papel también pagaban, pero su voz era más difícil de escuchar. El problema es que ahora esas voces indignadas tienen un eco enorme. Tenemos que apelar a la conciencia y a la profesionalidad de los periodistas para que cuenten lo que sucede, no lo que los lectores quieren que suceda. Si nos sometemos a los dictados de la audiencia, deja de ser una herramienta para comprender el mundo y se convierte en un señuelo, en un estímulo que es agradable para un determinado sector social.

Un problema que puede surgir con el periodismo digital de pago, como ocurría con los periódicos, es que solo tengan acceso a la información de calidad los más privilegiados. ¿No estaremos creando una sociedad con ciudadanos de primera, bien informados, y de segunda, que solo visionan noticias sobre memes y gatitos?

Históricamente ha sido así, pero no nos tenemos que conformar con eso. Debemos buscar un modelo que aproveche el desarrollo tecnológico y democratice el acceso. La información de calidad ya no está en los grandes medios de comunicación, sino en medios mucho más restrictivos. Tenemos que pensar también que buena parte del dinero que pagan los ciudadanos por esa información llega a los canalizadores, pero no a los creadores. Se premia la cuestión meramente tecnológica. Los ciudadanos pagan el ADSL a una compañía que no tiene nada que ver con la generación de contenidos y creen que de esta forma ya han pagado la información. El sistema digital es muy bueno para la canalización de la información, pero quizás no tanto para la creación de información rica, novedosa y original. No tiene sentido que los periodistas se embarquen en la búsqueda de información propia, porque vale mucho dinero y no se puede rentabilizar. Tenemos que revisar bien lo que está pasando. Estamos pagando por la tubería, pero no por el agua que entra por ella.

El modelo de pago obliga a los ciudadanos a elegir a qué medio se suscriben, con lo cual, solo conocerán una visión de la realidad. Los algoritmos de las redes sociales o los seguimientos también provocan un efecto burbuja por el cual solo tienen acceso a aquellas noticias que se ajusten a sus convicciones previas.

No es solo una cuestión tecnológica, sino de funcionamiento de la naturaleza humana. Ves un programa de televisión y te identificas con el tertuliano que defiende tu postura. Lo que nos produce cierto placer es ver reforzada nuestra posición inicial y nos perturba quien nos plantea argumentos que no van con nuestra línea de pensamiento. La única manera de modificar esta tendencia es a través de la escuela. No sería un disparate que hubiera una asignatura dedicada al consumo responsable de los medios. Si no, acabaremos viendo el mundo a través de la mirilla de una puerta.

También sería importante enseñar a los ciudadanos a identificar la opinión en textos presuntamente informativos, una tendencia cada vez más extendida entre los periodistas.

Con la opinión, el periodismo tiene un problema. Ahora está de moda porque es un producto barato y atractivo a simple vista, pero al mismo tiempo es curioso ver la facilidad con la que todo el mundo opina. El sistema de mediación tradicional se transformó con la aparición de las redes sociales. Sin embargo, la opinión de los medios de comunicación no puede ser una más, tiene que estar bien documentada y argumentada. El valor que tiene la opinión periodística es relativamente menor, porque no es una herramienta exclusiva del periodismo. En cambio la información sí lo es. No podemos pedir a los ciudadanos que nos valoren si ofrecemos opiniones sin ningún fundamento.

¿Es sano que los periodistas conozcan al minuto qué informaciones son las más leídas en su web?

Es una práctica que pervierte el objetivo del periodismo: contar lo que sucede y hacer que la gente lo entienda. Si a los periodistas que tienen que cumplir esa tarea les damos herramientas para que estén obsesionados con la cantidad de usuarios que pasan por una noticia, cuánto tiempo permanecen en ella, si la han compartido, etc., estamos haciendo otra cosa que no es periodismo. Estamos comprando y vendiendo textos, pero no tienen utilidad social. Muchos medios de comunicación se han convertido en lugares de paso. Y los medios aceptan esa condición de “lugar donde se habla de algo”. Ese algo no es verdad ni está confirmado, pero tenemos que hablar de ello. A los criterios de noticiabilidad clásicos (algo que rompa la expectativa, que sea raro, que tenga consecuencias, etc.), ahora hay que incluir la capacidad que tienen determinados temas para generar debate o conversación. Y a veces hacemos debates de asuntos que ni siquiera son verdad.

En el libro reconoces que te llama la atención que en el periodismo deportivo los rumores adquirieran categoría de noticias.

Lo vemos todos los días. Del periodismo deportivo ha pasado al resto. Leí una noticia de un medio supuestamente muy serio que decía que un periodista se perfilaba como nuevo director general de RTVE. ¿Qué significa “se perfila”? Que creo que va a suceder, porque hay un rumor, pero no lo sé. Como me da vergüenza decir que no lo he podido comprobar, utilizas ese eufemismo. El poso que deja esa noticia en los lectores es que no es creíble. Y luego no se rectifica.

Luis Enríquez, consejero delegado de Vocento, señalaba en una entrevista reciente que los medios corremos el riesgo de convertirnos en agencias que trabajan para una supramarca como Google. Este temor justificaría el cobro de la llamada Tasa Google.

He observado que hay una necesidad perentoria de encontrar algún tipo de incentivo a los generadores de información propia. Google como gran marca me recuerda al Gran Hermano de Orwell que controlaba todo. Se premia a los canales, y quien domina ese mercado tiene mucho conseguido. Lo que hay que hacer es buscar fórmulas para que la información original obtenga algún tipo de reconocimiento económico.

Los periodistas ahora deben utilizar palabras clave para que sus noticias estén bien posicionadas en el buscador de Google.

Incluso el propio titular ha perdido la capacidad de analizar el contenido esencial de una noticia. A veces el titular va por un lado y el texto va por otro que no tiene nada que ver, incluso pueden ser contradictorios. Esto genera en los ciudadanos la sensación de que todo es una trampa y se pierde credibilidad.

En España la credibilidad de la prensa está en horas bajas. Una de las razones de las que habláis en el libro es que se ha instaurado el llamado “periodismo burocrático o de espera”. ¿Nos estamos limitando a ser marionetas del poder que recitan las “versiones oficiales”?

Hay dos problemas. El primero es el de la precariedad que estamos viviendo en las redacciones. Una redacción débil difícilmente va a poder competir con un aparato de propaganda tan fuerte como el que tienen las empresas y los organismos. Por otro lado, tiene que ver también con la mentalidad de los propios periodistas. Nos hemos acostumbrado a ejercer de portavoces de estas instituciones. Nos hemos conformado con tomar nota de lo que dicen, sin ponerlo en cuestión ni llevar a cabo un proceso de comprobación.

Uno de los reproches que realizan varios periodistas en el libro es que no hemos sabido organizarnos para defender nuestros derechos laborales, pero tampoco para establecer por escrito unas garantías que nos permitan permanecer a salvo de las injerencias del poder.

Soledad Gallego-Díaz señalaba que como hace 30 años los profesionales podían decir que algo no era periodismo y no lo hacían, se conformaron con dejar las cosas como estaban. Nos ha faltado fuerza y unidad para decir “esto no lo hago”. Detrás de eso había una situación de precariedad, porque siempre llegaba alguien que estaba dispuesto a hacerlo si quería trabajar. Ha habido una desproporción muy grande entre la fuerza del colectivo de periodistas y la de las empresas. Iñaki Gabilondo destaca en el libro que se ha impuesto “la lógica de los gerentes”. La fuerza periodística no ha sabido contener la injerencia de esos gerentes, que nos han dicho cómo tenemos que hacer nuestro trabajo. “Oye, que esto no hace falta comprobarlo”, y nosotros no hemos salido a decirles que sí hace falta comprobarlo o no se hace. Un médico no puede operar a un paciente sin anestesia porque le digan que es cara. A los periodistas nos han dicho que operemos sin anestesia, que publiquemos algo que no está comprobado o que opinemos en nuestras noticias y hemos dicho: “bueno, venga, va”.

¿Qué papel deberían jugar las asociaciones de la prensa?

No hay colegios de periodistas, salvo algún caso muy excepcional. Necesitaríamos que las asociaciones de la prensa tuvieran muchísima fuerza y la capacidad para censurar las malas prácticas. Esto hubiera servido para que el colectivo de periodistas tuviera la sensación de que no vale cualquier cosa. Si haces las cosas mal puedes merecer un reproche no solo social, sino profesional. Yo sé que este tipo de instrumentos son muy complicados de poner en marcha y hay gente que los pone en cuestión por considerar que atentan contra la libertad de expresión. Todo el mundo se puede expresar, de lo que estamos hablando es de la calidad de la información. Información bien hecha, de acuerdo a unos principios profesionales y deontológicos incuestionables.

Javier Mayoral
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Javier Mayoral (Foto: María Gil)
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