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China lidera la investigación en este disruptivo campo

La Inteligencia Artificial, en manos del Estado
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La Inteligencia Artificial, en manos del Estado

Expertos en IA ver con cierta preocupación el liderazgo chino por la influencia estatal ejercida sobre las empresas que desarrollan estos sistemas.

La Inteligencia Artificial está llamada a cambiar el mundo, para bien o para mal. El impresionante avance de esta tecnología ha llegado a asustar al mismísimo Elon Musk, que hace unas semanas se enganchó en una discusión digital con Mark Zuckerberg por sus dudas sobre el papel que jugarán los humanos en un proceso imparable, pero de consecuencias desconocidas y hasta peligrosas. La ingente cantidad de datos que se genera en la vida digital y la facilidad para analizarlos y extraer patrones hacen de la Inteligencia Artificial (IA) uno de los campos más prometedores del ecosistema tecnológico. Centenares de empresas, particulares y académicos trabajan a destajo para liderar un campo en el que parece que China se está colocando en una posición privilegiada. Y detrás existen riesgos del que empiezan a alertar algunos expertos. Algunos son coherentes, pero otros solo demostrarían un punto de envidia por estar quedándose atrás en una carrera que determinará el futuro de la Humanidad. Y no es exagerado.

Para empezar, China es actualmente el mayor productor de trabajos científicos sobre IA, por delante de Estados Unidos. Algunas voces, sin embargo, siguen situando a los americanos en primer lugar si se atiende a la calidad de los trabajos. Lo cierto es que el gigante asiático ha triplicado entre 2010 y 2014 la presentación de patentes sobre Inteligencia Artificial en comparación con los cinco años anteriores, como detalla 'The Economist'. Pero su liderazgo va más allá de la investigación y se centra en la práctica: las empresas chinas están atrayendo miles de millones en capital de riesgo para poner en marcha proyectos relacionados con la IA. La razón es que el país cuenta con más de 700 millones de usuarios de smartphones. No hay ninguna otra nación en la Tierra con tal cantidad de personas dejando un reguero de datos allá por donde van. No es de extrañar que Baidu, Alibaba o Tencent pisen los talones a los gigantes occidentales, a pesar de que su mercado se limita casi exclusivamente a China y, por el momento, no están mostrando gran interés por explorar el mundo, para tranquilidad de Estados Unidos.

El Estado IA

Pero esa tranquilidad es parcial. Al hecho de estar perdiendo la carrera por desarrollar los mejores sistemas de IA se une una cuestión que escapa a la tecnología o al dinero: la política. Y es que el gobierno chino es consciente del potencial que ofrece esta tecnología y está dispuesto a aprovecharlo allí donde sea necesario. De hecho, tiene como objetivo ser el líder mundial en IA en el año 2030, cuando la tecnología estará suficientemente madura como para marcar la diferencia. McKinsey ha estimado en un 1% el PIB adicional del país si continúa liderando la Inteligencia Artificial, algo que vendría de la mano de nuevas tecnologías asociadas tanto a los esfuerzos por investigar y desarrollar estos sistemas, como a las posibilidades de negocio que traerán consigo. El país trabaja, además, para blindar en el futuro su liderazgo. Recientemente, por ejemplo, promulgó una ley que prohíbe a los extranjeros utilizar los datos chinos para ofrecer servicios. Y otra normativa exige que los datos recopilados en China se guarden en servidores ubicados en el país.

Este tipo de medidas alteran a compañías y gobiernos occidentales. No solo porque dificultará la competencia, sino por el poder que puede acaparar el Estado chino. O por el uso que haga de esta tecnología: mientras que en Silicon Valley el debate se está centrando en la ética (se ha prohibido la creación de armas autónomas, se proponen 'botones del pánico' para desactivar los sistemas en caso de riesgo y se investiga cómo desarrollar máquinas inteligentes que no pongan en peligro el papel de las personas), nada se sabe de lo que hará China, cuyas investigaciones van por libre. Algunos expertos y activistas alertan del riesgo que supondría para las libertades públicas la posibilidad de crear algoritmos capaces de mejorar los procesos de control sobre los ciudadanos.

Por supuesto, Occidente no es ejemplo de pureza a la hora de desarrollar tecnologías, recuerdan muchos expertos. Pero en estos países la ley se sitúa por encima de la política, al menos sobre el papel, lo cual limita en cierto modo los excesos. China es diferente, porque allí es el Estado quien tiene la última palabra. Al menos hasta que las máquinas puedan decidir.
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